Después de treinta años de abandono y deterioro continuado, el Ayuntamiento de Valencia ha decidido acometer unas obras de emergencia para evitar que el antiguo monasterio de San Vicente de la Roqueta, cercano a la céntrica plaza de España, se venga abajo y la institución municipal, propietaria del recinto cinco veces centenario, evite la vergüenza de recoger con una pala las piedras de sus muros venerables.
En pleno debate social, político y jurídico sobre la protección del patrimonio histórico valenciano, conviene recordar que este antiguo cenobio tiene la consideración de monumento desde 1978, pero es, como recordaba recientemente la consellera de Cultura, el único de los grandes conventos de Valencia que permanece sin rehabilitar, negativo estigma que no merece.
Sin duda, la falta de un uso concreto ha tenido un peso decisivo en que La Roqueta sea hoy una ruina. Sus muros aspiraron a albergar casi todo pero no interesó para nada. La corporación municipal se comportó siempre como el perro del hortelano: ni rehabilitó el recinto ni lo cedió a terceros. Ahora, la Fundación Premios Jaime I ha expresado su interés por instalar su sede en el monasterio. Al parecer, la entidad no acompaña su petición de dinero para que los muros no se caigan, pero ya ha expresado con su paso al frente un respeto mayor por el venerado lugar vicentino que otros muchos, particulares y entidades, que contemplan cómo se hunde desde hace tres décadas.