Qualquier estudiante de las ciencias exactas, y no digamos ya de un especialista en el cálculo estadístico, sabe que la lotería es mal negocio. En especial la navideña. Las probabilidades de que le toque a uno siquiera un premio menor en el sorteo de Navidad son ínfinitesimales; menores, de hecho, que las de los sorteos sin carisma. Pero, aun así, nos seguimos jugando los cuartos como si el dinero nos sobrase. La interpretación sociológica más extendida explica que eso sucede porque lo que se compra, con el décimo, es una miaja de esperanza; un clavo ardiendo al que agarrarse cuando la situación económica roza el desespero. Incluso las instituciones que viven de la lotería han explotado esa idea apuntando –cosa cierta– que tan importante es tener ilusiones como el que lleguen a cumplirse. En realidad, se podría sostener que el acto de desear el premio hace más por el bienestar mental de cualquier ciudadano que la posibilidad, bien improbable, ya digo, de que su boleto salga del bombo con el gordo de la mano.
Estaba por aceptar semejante modelo cuando he dado en que hay otro mejor. Existe una providencia que maneja, como el diablillo de Maxwell, los azares hasta el punto de que lo muy improbable se convierte en casi seguro. No obstante, para desgracia del común de los ciudadanos ese demiurgo caprichoso y capaz de hacer que salga el número que tiene que salir sólo favorece a la clase política. En especial, a la que anda en apuros. El último ejemplo lo tenemos en la autoridad implicada en los asuntos negros del urbanismo de Andratx que ha endulzado, si cabe, su prisión gracias al quinto premio del sorteo de Navidad. Ya digo: una suerte dirigida por la providencia.
Se trata, sin embargo, de un ejemplo un tanto descafeinado porque este diario publicó hace poco que el dueño de la administración de lotería número 15 de Palma atestigua la compra por parte del ex alcalde y su hermano de varios décimos de los que recibieron luego el premio. Hay casos en los que la intervención divina es mucho más caprichosa dentro de los límites de un capricho constante. Así, el presidente de la diputación de Castelló, Carlos Fabra, a quien no se sabe si se decidirá algún día su partido a aplicarle el tan cacareado código ético, no es que le haya tocado la lotería una vez sino que eso le sucede a cada poco, como prueba mejor de que cuenta con una suerte peculiar. Bien es verdad que no parece que disponga de testigos de la compra de los billetes afortunados pero, ¿para qué los necesita? Sólo los ateos recalcitrantes exigirían algo así. La prueba mejor de que la providencia le ampara no sólo está en el hecho irrebatible de que su éxito en el bombo equivale a la probabilidad de encontrar doscientos taxis libres vacíos, en fila india, en Manhattan una noche en la que llueve a mares y uno llega tarde al aeropuerto. Lo que demuestra sin lugar a dudas su condición de elegido de los dioses es que ande imputado en cerca de veinte delitos y no pase nada.