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Identidades alteradas

 05:30  

Cipriano Torres

Entras a una zapatería, te diriges a la dependienta, le pides unos botines, arrugas la cara cuando se va, te quedas pensando, llega la chica, abre la caja con el calzado, y ves que hay un ratón. Entras a una zapatería, la dependienta se dirige a ti, abres los ojos al verla, ella no se da por enterada y te pregunta qué quieres, y después de pensarlo un segundo se lo dices, tu teléfono. Entras a una zapatería, recorres los estantes, una dependienta se acerca, la miras, y se lo sueltas en la cara, coño, Pilar Rubio. Sí, claro, a ver, toca mis tetas, verás cómo las mías no están tan duras como las que tendrá esa, ¿Pilar Rubio?, qué más quisiera yo. Ese es el esquema del programa de La Sexta. Es uno de cámara oculta donde la broma consiste en eso, en que la gente de la calle, en su calidad de espectador, entre en un debate interno porque está seguro de que el camarero que lo atiende no es otro que Paquirrín, que mientras sirve bocadillos se pone como el Kiko, pero no acaba de creérselo porque no puede ser que el tragaldabas de la Pantoja pueda estar allí. No es lógico que llegues a la pescadería y te atienda una chica a la que le pides un gallo y te pregunte si lo quieres de corral, no, hija, no, dice la señora, quiero ese gallo del mar, ay, por favor, ése no, que le tengo mucho cariño, contesta la dependienta, y como ya no hay duda, o crees que no la hay, se lo preguntas. ¿Eres María Eugenia Martínez de Irujo? Y la hija de Cayetana de Alba, que ha dejado las carrozas por las doradas, y los anillos por los anillos de calamares, suelta la frase. Qué más quisiera yo.

Lorenzo, sin gracia. A la lista de cómplices se han sumado un puñado de caras, en este caso jetas, conocidas. Desde la hipertensa, petarda esforzada, ordinaria con ambiciones, mala fingidora por ser incapaz de olvidarse de su personaje, es decir, desde Ana Obregón, a Francis Lorenzo, el malo malísimo de Águila roja, el que quiere cargarse a David Janer. El tal Lorenzo es uno de los pocos actores que no es bueno ni haciendo de malo. Se me atraganta, y eso no es bueno para mi salud. Aún así me detengo en él, que también fingió ser taxista para el programa de La Sexta. Ni picándolo paga el tío. Veamos. Pues no que se monta una chica embarazada en el taxi conducido por el capullito, chica que ni de lejos conoce al figurín, detalle que echa por tierra el efecto sorpresa que quiere conseguir el programa, y va el tío, en su faceta de taxista gilipollas, y se toma a broma los dolores de la preñada haciendo comentarios que pretendían ser divertidísimos. No, Francis Lorenzo, querido narrador, no fue en ningún momento Taxi Díver. Qué más quisiera él parecerse un pelo a Robert de Niro, aunque fuese en versión cachonda. Tampoco sé si a estas alturas del agujero a José Luis Rodríguez Zapatero le hubiera encantado quedarse como lo vimos unas horas en la página suplantada de la web de la Presidencia española de la UE en la que Rowan Atkinson, Mr. Bean, nos miraba arqueando las cejas, abriendo mucho los ojos, y sonriéndonos. ¿Quién es más quién de los dos? ¿Cuándo es más Maxi Iglesias, cuando es el Cabano de Física o Química o cuando finge currar haciendo fotocopias y les dice a las chicas, que al verlo se quedan lelas, que el Maxi ese es un chulo?

Petarda 2009. Creo que La Sexta ha emitido ya los programas que tenía que emitir sobre el juego de identidades, aunque creo que La Sexta no ha emitido aún los programas que seguro ya está ideando sobre el nuevo juego de identidades. ¿Qué pasaría si pones a un famoso en un taller de coches y no lo reconoce nadie? ¿Qué pasaría si Mariano Rajoy, haciendo de su no Rajoy, le da por la prudencia, la oposición inteligente, y en vez de coger a sus chicos y ponerles el fusil al hombro para que disparen contra todo lo que se menea, lo vemos vigilando al Gobierno como es su deber pero aportando soluciones? ¿El mundo al revés? Eso es lo que pretende Que más quisiera yo. Pero no cuela. Al final, cada cual está en su sitio. El famoso haciendo de famoso, y el pringado haciendo una vez más de pringado porque Carlos Sobera lo ha engañado detrás del mostrador de la ferretería. Y como hace cinco minutos que no hablo de Belén Esteban, aunque dudando si me quedo con la ojerosa, aquella de la nariz toa picá, según envenenada y grosera definición del papá intelectual de María José Campanario, con un título al fin, el de Petarda 2009 que le ha otorgado la audiencia de la petarda Antena 3, o con la flamante y reconstruida reina de polígonos y mercadillos, ella, la Esteban, es de las pocas que conoce un lado y otro de la realidad. El de allí, y el de aquí. Sigue yendo a Carrefour con su hija, pero en Fin de Año la visten de algo, le dejan los hombros a la intemperie, y ella, con los labios de melón siliconado, saluda a su papa, a su mama, a su abuela, a su hermano para que no se ponga malo, a su tía.

Ordinaria Mercedes. Otras quieren ser como ella, pero han de pasar por el calvario de Mercedes Milá, a la que sólo le falta que la vistan de algo, le dejen los hombros a la intemperie, y la lleven a un balcón para preguntarles a las aspirantes que si de pequeñas soñaban con entrar a las cuadras de Gran Hermano para meterse en la cama y bajo los edredones chupársela a alguien. Literal. Ahora que caigo, estoy convencido de que su hermano Lorenzo dejó el Telediario y pidió el lejano retiro de Washington para no tener que jugar al acertijo de averiguar qué Mercedes es su Mercedes, si la ordinaria de ahora o la ordinaria de antes. Algo parecido se preguntará la policía británica con el fugado Craig Lynch, que con el dedo corazón tieso como la burla, les envía mensajes chulescos desde Facebook. ¿Cuál de los dos jóvenes es el real, el que estaba en prisión o el que vive en esa red social donde ya cuenta con miles de seguidores, es decir, de admiradores? Digámoslo otra vez, y otra. Estamos locos. Nadie parece estar satisfecho con lo que es, y tampoco con lo que tiene, que traducido a palabras con predicamento social es eso, eres lo que tienes. Hasta Lorna, el personaje de Carolina Bang de Plutón BRBNero, lo tiene claro. Yo no lloro, decía, qué más quisiera yo, como soy androide.

La guerra

Santa Isabel Gemio no forma parte de mi colección de veneradas. Por absurda, fría y altiva. Siempre confundió la elegancia con la cursilada cateta de creerse una divinidad. Y dijo en la radio algo sobre el Ondas de Jorge Javier Vázquez. Sálvame tiene dos caras, la disparatada y la depredadora. El viernes, previo pago, invitaron a una sobrina de la dama. Soltó culebras. Pero esa guerra recién comenzada no tiene gracia. Chusma.

  HEMEROTECA

  Viñetas de Raúl Salazar

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  El humor gráfico de Ortifus

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