Se murió. Lo mataron. A veces morirse uno o que lo maten es una misma cosa. La guerra se acabó en 1939 y con ella se acabaron las vidas de muchos hombres y mujeres que habían luchado a favor de la República. Unas vidas se acabaron al pie de las tapias de los cementerios. Otras en las cunetas de las carreteras. Otras se sobrevivieron a sí mismas y se murieron del todo en las celdas húmedas y putrefactas donde convivían la enfermedad, el miedo y los chillidos persistentes de las ratas. Un día de marzo de 1942 murió Miguel Hernández en una de esas celdas. Era comunista y poeta. Las dos cosas. Lo decía el otro día en estas páginas el profesor José Carlos Rovira: era el compromiso.
Eso era Miguel Hernández: el compromiso con la libertad, con la República, con su clase trabajadora, con los hombres, mujeres y niños del hambre, con la poesía, a ratos también con el teatro. Decía lo que era en sus poemas, en la guerra, en la cárcel, en esa lentitud enferma de sus últimos días de vida. Desde muy temprano se había arrancado el corazón y lo había dejado caer para que se mezclara con la tierra, en esa imagen dura y tierna a la vez que se inventó Juan Ramón Jiménez para contar octubre como una metáfora de la esperanza.
En octubre de 1910, precisamente, nació en Orihuela Miguel Hernández. Por eso será 2010 un tiempo de aniversario. No sé si totalmente feliz, porque todos los aniversarios tienen algo de oportunismo, de turbadora ocultación de lo que importa, de mascarada. Cuando la democracia empezaba a sentirse en este país abundaron los homenajes al poeta. En Pedralba, allá por el mes de junio de 1976, organizamos uno de esos homenajes. Antes, en abril, la Guardia Civil impidió la celebración y lo intentó de nuevo con la siguiente. Pero no lo consiguió: el teatro hasta los topes, una pasión popular que resistía cualquier impedimento, las ganas de que el tiempo que venía se adivinara lo más ancho y largo posible consiguieron que aquella noche se abriera en el pueblo un pedazo de realidad que luego habría de convertirse en memoria imprescindible.
Algunos de aquellos amigos ya no están y ahora recuerdo que mucho antes de aquel acontecimiento ya había montado mi querido, inolvidable Juan Mateu, recién llegado de Toulouse, el estreno mundial de «El labrador de más aire» con las gentes de su pueblo. Ahora empezarán otros homenajes. Por eso, hace unos días, nos sumamos en Gestalgar a ese ciclo que se cumplirá sobradamente hasta diciembre. Con toda la modestia del mundo, pero también con aquella pasión que en Pedralba llenó hasta los topes el patio de butacas más de treinta años atrás, recorrimos el itinerario poético de Miguel Hernández en la Casa de la Cultura de mi pueblo. No cabía un alma en la sala tibiamente iluminada. Y el final fue de apoteosis.
Tantos versos inolvidables quedarán para siempre en las voces de quienes humildemente descubrían por primera vez la obra de un poeta único y que tan cerca nos cae a las gentes que hemos decidido vivir en los pequeños pueblos donde nacimos. Las voces con sus nombres: Félix, Zara, Ángela, Miguel, Toni, Pablo, Chelo, Miguel Ángel y Gela (su versión cantada en susurro de Andaluces de Jaén no se olvidará nunca aunque pasen siglos desde ese sábado por la tarde. Lo mismo que no se ha olvidado en Pedralba el vozarrón de mi amigo Emilio el Bulla cuando elevó ese mismo poema a los cielos del entusiasmo aquella noche inmensa de 1976).
Sacar aquí esos nombres amigos este domingo de año nuevo, y añadir todos aquellos que se volcaron en el aplauso impresionante, es de un obligado reconocimiento. Por eso lo hago. Y para revivir, en esa milagrosa cirugía en que a veces se convierte la memoria, la vida y la obra de un poeta que murió por obra y desgracia de la barbarie fascista en una celda húmeda y putrefacta cuando tenía treinta y un años. Era poeta y comunista. Las dos cosas. Y por eso lo mataron. O lo dejaron morir, que viene a ser lo mismo.