Es el título de una película de John Ford. Pero la ruta que iniciamos ahora conduce a la ropa interior, masculina o femenina. No hay ninguna persona más tolerante que el no fumador que convive con los fumadores por necesidad o por circunstancias de la vida. Sin embargo, el fumador compulsivo mantiene que es víctima de un auto de fe, progrom o despiadada cacería, cuando los damnificados son, precisamente, quienes soportan el humo y la pestilencia. Se sabe que el tabaco mata mucho y de verdad. Ya escuchamos la voz del fumador militante: «¿Y no matan lo mismo, o más, la porquería atmosférica, el cáncer de mama y las guerras?». Puede que sí, y en muchos casos es indiscutible.
Pero el asunto no sólo se dirime, para nosotros, en esos ámbitos de la salud, el medio ambiente y el arraigado deporte humano de matar al prójimo, sino, básicamente, en el del gusto, la estética y la conservación de la mantelería, a veces de hilo, de los restaurantes. Hay otro elemento, de orden psicológico. No hay nada que ponga más nervioso al no fumador que observar cómo los adictos desenfundan en la mesa, nada más llegar, un Winchester 73 (o paquete de tabaco) y una metralleta Stein (o encendedor). Al cabo de un par de minutos, las manos del fumador se dirigen, indeliberadamente, al paquete. Saca un cigarrillo y suena el aciago clic de la Stein. En ese momento ya sabemos que no podremos escapar a una apoteosis tabaquista, entre plato y plato.
En cuanto al sentido del gusto, los técnicos en la materia afirman que el tabaco afecta a las papilas gustativas, y que por tanto mal se puede juzgar un plato con estas señoritas no sólo anestesiadas sino calcinadas. El déspota fumador de cigarrillos o de puros sobra en los restaurantes. ¿Por qué? Porque a estos establecimientos se va a gozar —si hay suerte—, relajarse, comer y charlar. Llevarse la adicción al local, perjudicando a otros comensales, no es muy elogiable. Si nadie fuma en una iglesia, un hospital, una sesión de cine o teatro, o en un tanatorio, no hay la menor justificación para que suceda lo contrario en un restaurante. ¿Acaso no puede reprimirse el tabaquista durante una hora y media o dos?
Además de todo lo expuesto con espíritu constructivo, el fumador no contribuye como el abstemio al sostén de la economía de los hosteleros. Hechos cantan. En efecto, pues no es opinable que finos y caros manteles de hilo —o de lino— son socarrados, involuntariamente, desde luego, por las cenizas todavía incandescentes de las colillas. O que a las servilletas de tela excelente les suceda lo mismo.
Otrosí de ciertas variaciones al respecto, achacables a una urbanidad no muy desarrollada, siendo el caso de quienes teniendo un cenicero a la vista optan por apagar las colillas en los restos del café o del cortado. A veces, ya consumidas, reposan en los platitos auxiliares. Un caso extremo es apagar la colilla en un pastel de crema o en una macedonia de frutas. Entendemos que el fumador no sea capaz de controlar sus automatismos, y que a falta de una acera, un ascensor o la calzada, eche la colilla donde se ha descrito, pero ¿cuántas decenas de millones de pesetas le habrá costado al sector de la hostelería esa incuria?
Finalmente, ¿y la ropa, impregnada del hediondo perfume del tabaco, desde la americana hasta la ropa interior? Sí, realmente las víctimas no son los fumadores. Son los no fumadores, dañados en sus derechos más elementales. El tabaco, en el cine, si los fumadores se llaman Robert Mitchum, Hum-prhey Bogart o Barbara Stanwyck.