Si creáramos una razón —ratio— donde abreviadamente se reflejara nuestra nación, podría ser de la siguiente forma, calidad de vida de la población interior partida por la imagen en el exterior de la misma. En dicha magnitud pondríamos en el numerador nuestra situación como ciudadanos, en tres acepciones: personales, empresas y Administración.
Analizando cada una de las magnitudes, veremos que es el paro y la precaria situación económica de la mayor parte de los ciudadanos el más grave de los problemas que nos aquejan. También y a propósito de las últimas cifras del paro, éstas son proclives al engaño nacional. Si se dice que el paro ha bajado, con respecto al mismo mes del año anterior, o semestre o trimestre, etc., no explican que las cifras se han de dar con una referencia, como por ejemplo las empresas en funcionamiento, y que se supone que después de los «eres» o «lock out» que han sufrido desde el año anterior, el número de las mismas habrá disminuido, por lo que si los parados son menos, es que corresponden a muchas menos empresas existentes.
El resto de lo constitutivo de la vida interior del país, empresas y Administración, obsérvese la mala marcha de ambos. Para las primeras, porque las malas condiciones las ahogan, no hay posibilidad de productividad y competitividad si los parámetros no cambian y están anquilosados como la legislación laboral. En cuanto a la Administración, no se acomete una verdadera transformación, pasando de ostentadores del poder con poltrona y coche oficial, a meros y humildes servidores públicos, con sueldos ajustados y transparencia y eficacia en la gestión.
Resumiendo, también tenemos la parte del denominador de la «ratio» también en precariedad absoluta y con el gran agravante de no considerar las consecuencias futuras que pueden ser más importantes a la larga, que la mera recesión temporal. Existe lo que se llama «coste de oportunidad», que se reflejará en el futuro, y en el desarrollo económico, con esta patética forma de gestionar la crisis. Estamos liberados de toda posibilidad de confianza, de certidumbre y de seguridad en el inversor extranjero, los cuales no dudarán en dejar de invertir en nuestro país ni un euro, y dejarnos en el furgón de cola de todo impulso de superación. El FMI, el Banco Central Europeo, la Reserva Federal, por boca de sus presidentes como Jean Claude Trichet o Ben Bernanke han sentenciado la situación económica española como de debilidad extrema y con una salida tardía y costosa. En el mundo del dinero no hay afectos que valgan, todo es frío y calculado. Por eso el mismo Trichet empieza a sugerir una tímida subida de tipos de interés, porque a Europa le conviene, aunque a España, ha reconocido, no le venga muy bien. Pensando en nuestra «ratio», es absolutamente negativa, tanto, que me hace echar a temblar pensando en nuestra presidencia de la UE.
Economista. Miembro de la junta de gobierno del COEV