En el fondo, la de Iris Robinson, esposa del Premier de Irlanda del Norte, es una bella y densa historia de amor. Esa antigua pasión con el carnicero, que antes de morir le encomendó a su hijo, con el que ella reverdeció la rama, ofrece intensidad literaria, y un toque edípico. Tiene la factura de la mitología griega, y la segunda parte, en la que ella se arrepiente entre lágrimas y purga su culpa tomando el hábito de pecadora pública, completa una síntesis de las culturas griega y cristiana. En el contexto celta, más propio, hay algo de la reina Ginebra, despedazada entre la pasión por el joven caballero Lancelot y la lealtad al viejo rey Arturo, que la tenía desatendida por su entrega al gobierno. El que una historia así sea tratada como un asunto sórdido se debe, por mitad, al empeño de los moralistas en unir pasión a suciedad y a la falta de ambición literaria de los reporteros.