María por bien empleada la prolongación de Blasco Ibáñez si con ella se acabara con el recital crónico de incuria, ratas, narcos y desmoronamientos que padece El Cabanyal. El problema es que no hay ninguna garantía de que eso ocurra. En la Malvarrosa o en Nazaret no hay proyectada ni en curso ninguna obra parecida y sin embargo en uno y otro barrio —mucho peor en Nazaret—, los equipamientos colectivos y los niveles de calidad urbana pueden ser contemplados sin el más mínimo riesgo de deslumbramiento. Mucho creció el puerto de Valencia y a no pocos competidores batió en los más diversos terrenos, pero esa admirable carrera olímpica no se ha traducido, por ahora, en beneficios, aunque sean pequeños, para quienes facilitaron ese ascenso a menudo a sus costas (y playas).
Así pues y como recordaba nuestro amigo Cruz Sierra, tal vez nos esperen otros veinte años de debate florido, esgrima jurídica y otras amenidades bizantinas a cuenta de El Cabanyal mientras el barrio termina como hubiera acabado el bebé que se disputaban las dos madres hebreas si el sabio Salomón no hubiera terciado en el litigio. Ya nos ocurrió algo parecido con el malhadado teatro romano, donde un oscuro burócrata condenó a la irrelevancia y la parálisis a toda una ciudad como Sagunto porque le dio por jugar a Sertorio con los métodos de Aníbal, mientras languidecía Sagunt a escena y toda su industria accesoria y derivada.
Seguiremos disfrutando de la playa y sus merenderos renovados sin arriesgarnos a una penetración en El Cabanyal más allá de la dermis del paseo marítimo y repitiendo la cansina cantinela de que Valencia vive de espaldas al mar, a donde es posible llegar por una docena de vías rápidas y donde muchos días no se puede conseguir mesa en el restaurante. También hemos indemnizado, con generosidad denunciada por el Síndic de Comptes, a las once constructoras –«Ocean´s eleven»– que abandonaron Cabanyal 2010. Compensación, supongo, por el lucro cesante: por el pastel que entrevieron y que la crisis no les permitió engullir.