Los esquimales tienen cientos de palabras para describir la nieve. Se ha repetido tanto que ya se da por cierto. Me atrevo a aclarar, de entrada, que hay decenas de idiomas diferentes en las regiones árticas habitadas. Por lo demás, la afirmación responde a una leyenda urbana. Desde que, a principios del siglo XX, el antropólogo y lingüista norteamericano de origen alemán Franz Boas describiera los múltiples términos que los nativos de las zonas polares usaban para describir la nieve o el hielo, la cantidad de «palabras distintas» ha pasado de una docena —las que en realidad se han identificado— a más de cien. Las nevadas recientes han dejado en la zona mediterránea nieve seca, granulada, húmeda y por supuesto aguanieve. En el Ártico caen los mismos tipos de nieve, pero los idiomas esquimales pueden construir una sola palabra para referirse a la nieve depositada en el suelo que es simplemente la suma de «nieve» y «suelo». La confusión puede deberse a la compleja estructura lingüística de algunos idiomas esquimo-aleutianos como el groenlandés. Sin duda, la nieve no tiene secretos para los esquimales, pero les basta con un vocablo. Que, por cierto, es qanik.
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