Por mucha Cospedal que se ponga enfrente, a Camps le es muy difícil alterar –menos permutar– su posición en los asuntos hídricos, en los que siempre ha levantado banderas bélicas y de los que siempre ha extraído mucho jugo político. Algo así le está sucediendo, ahora mismo, en el Tajo-Segura, primero a cuenta de la caducidad del trasvase y después a propósito de la reserva hídrica de 6.000 hectómetros cúbicos que desea almacenar la Mancha en un rincón de su Estatuto, que es como decir de su corazón. Con un matiz de enormes alcances que es toda una patria política. María Dolores de Cospedal reúne en su biología dos condiciones numéricas paralelas: número dos del PP nacional –esto es, secretaria general– y número uno del PP manchego –esto es, presidenta del partido de allí–. ¿Qué es antes, el huevo o la gallina, según la proposición epistemológica más o menos insoluble? Dicho de otro modo. ¿Cómo ha de convencer Camps a Génova, desde su fortín, de que no hay que ceder ni un milímetro de terreno ante el adversario hídrico si resulta que el adversario hídrico habita en Génova en cuerpo y alma y a tiempo casi total en un desdoblamiento diabólico? Al final, no se puede luchar contra un ente que se escinde a conveniencia. ¿Qué hacer si la omnipresente Cospedal traslada sus intereses regionales a Madrid y se dedica a «españolizarlos»? Pese a ese trastorno de la personalidad y del acto político, ni una flaqueza detectada en Camps, ni una abdicación conocida, ni una transigencia cómplice. Cospedal es la señora de La Mancha que se ha acorazado en su territorio y que explota la materia acuífera en busca de un espacio político propio, que es como la habitación propia de la Woolf pero en el campo social. Sin un espacio político propio no eres nada. Camps ha configurado su personalidad política sobre esa misma disciplina –es el hombre del agua– por lo que a nadie sorprende que, en lugar de aceptar las sugerencias pactistas a la gallega de Rajoy, se haya blindado y profundizado en el desafío con una campaña –que se ha trasladado a los municipios– en la que ha sacado ya a toda su armada, de Rita a Cotino, además de a los regantes, dispuestos en procesión hacia el Palau. ¿Y mientras tanto qué hace Ripoll en Alicante? Huir. O, si se quiere, dulcificar la colisión, amansarla. No acudir a las convocatorias de protesta contra la reserva hídrica –el miércoles, en su feudo– que sirven para calentar el cisma. Y enfundarse en una estrategia que pasa por recomendar un apaciguador consenso ante Cospedal. Consenso quiere decir cesión en los contenidos, no la elaboración suave de las formas. Con una diferencia equinoccial: el epicentro del problema, en este caso, reside en Alicante, pues por allí pasa y desemboca el Segura. Tanto si se firma la fecha de caducidad del trasvase como si se levanta el almacén de agua, la tormenta –seca– desciende sobre Alicante. De modo que la actitud de Ripoll sólo se entiende desde los recónditos entresijos de las complicidades y juegos de poder con la protagonista de Génova. En todo caso, la velocidad de Ripoll deslegitima la de Camps, que en este caso acude a la «batalla» al lado mismo del PSPV de Alarte, también inflexible ante la «amenaza» del radical corte del grifo. Camps y Alarte, por una parte, y ambos contra sus partidos del territorio manchego. Ripoll, que debía ser inflexible por el lugar geográfico que ocupa, marcando distancias. Si es para ganarse el favor de Cospedal, el Segura –y no sólo el Segura– le abrasará con su maleficio.