La globalización ha convertido a gobiernos regionales y nacionales en botijos de barro y cómodas «chippendale», gloriosos anacronismos salidos de los alfares patrios o rebozados de pan de oro aunque, sobre todo en Europa, aún tienen algún rasgo amable y filantrópico. Mientras llega la elección del presidente de Europa por sufragio universal, directo y secreto, convengamos en que, dentro de la inoperancia general, el PPCV ha obtenido un éxito propagandístico: convencer a un sector grande de la sociedad valenciana de que Zapatero, sólo o con otros, habitualmente catalanes, busca nuestra ruina, matarnos de sed o devolvernos a la Edad Media por falta de infraestructuras.
Naturalmente, lo que dice el PPCV no es más cierto que lo que decía Hitler; a saber, que los judíos perseguían el hundimiento de Alemania y la corrupción de la ínclita raza germánica. Ahora Alemania casi no tiene judíos y las alemanas siguen con los tobillos gordos y a su literatura le falta humor. Normal. El otro día aún salió Rafael Blasco por la radio –yo estaba en Titaguas, rodeado de nieve– y volvió a repetir que el PSOE busca en el Cabanyal impedir el progreso de los valencianos y, tal vez, robarnos el bocadillo de chorizo. Algo así no se consigue de la noche a la mañana: además del aprovechamiento de ciertas corrientes de fondo, hace falta machacar muchas cabezas espectadoras desde todos los púlpitos.
Salvo en los escasos períodos en que los electorados son capaces de liberarse de los condicionamientos paranoicos y abrazar algún tipo de benevolencia, gente como Blasco sabe que el mayor poder político es, habitualmente, el resentimiento. Ganar con los míos pero, sobre todo, con los agraviados por el otro. Que eso lo haya conseguido Nuestro Amado Zombi rodeado por una corte que parece sacada del «casting» del video Thriller, tiene mucho mérito. Volviendo a Rafael Blasco, se le ha puesto cara del abuelo de Los Monsters. Para cualquier partido nacional somos el 10%. Hasta en nuestra entidad demográfica, parecemos una comisión.