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Una democracia convaleciente

 05:30  

Juan M. Esquembre

Además de turrones y otros excesos veniales, estas últimas semanas han sido, en lo informativo, pródigas en análisis, valoraciones y síntesis de los principales acontecimientos que se han producido en este año que acabamos de dejar atrás.
Cada uno, mirándose primero él y luego a los demás, ha expresado su opinión y ha vaticinado en ocasiones qué será de nuestra sociedad en el año que comienza. Como si adivinar el futuro fuera cosa tan sencilla en un mundo tan complejo como el que vivimos.
Así, el paro, el terrorismo, la vivienda, la inmigración, la falta de crédito, la educación, la sanidad, la justicia con especial referencia a los Altos Tribunales incluído el Tribunal Constitucional, la energía, el tráfico carretero, el consumo de drogas, la precariedad de los salarios, etcétera, etcétera, han ido pasando por diferente orden, de mayor a menor gravedad, como mensaje dirigido a nuestros gobernantes a fin de que conozcan las preocupaciones reales del ciudadano corriente cuya suma aritmética, dentro de un Estado moderno, se conoce como soberanía popular.
Sin embargo, entre tanta estadística y buenos propósitos, parece haber pasado desapercibido el resultado de la última encuesta de opinión del Centro de Investigaciones Sociológicas, más conocido como el CIS, en donde los españoles mostramos como una de nuestras principales preocupaciones el estado actual de nuestra clase política y no precisamente porque la consideremos ejemplar y bien preparada.
Analizando los discursos, declaraciones y entrevistas con las que nos inundan en estas fechas nuestros gobernantes, políticos, empresarios, académicos o banqueros, todas con el denominador común de «año nuevo vida nueva», no he podido encontrar una sola propuesta realista, contundente y legitimada que nos indique a los ciudadanos cómo vamos a salir del grave deterioro de nuestra democracia de la misma manera que se abordan propuestas para combatir el terrorismo, generar empleo o acceder de manera más cómoda a una vivienda de protección oficial.
Los últimos dos años nos han demostrado que el mercado solo no es suficiente para ir generando solidaridad, sostenibilidad y bienestar el que lo tenga. También hemos podido comprobar la importancia que ha tenido el Estado y la importancia de la Política con mayúsculas en los momentos que calificamos de crisis y que, periódicamente, no nos van a abandonar jamás.
A fuerza de recensión económica y sufrimiento nos hemos dado cuenta que, cada día, tenemos mayor necesidad de un mejor Estado que entienda y se haga entender por la sociedad civil mediante el establecimiento de unas reglas de juego y un arbitraje que exija el juego limpio en la cancha.
Aquella celebérrima frase, convertida en eslogan de los neoliberales del Consenso de Washington, de «más Mercado y menos Estado» fruto en parte de la euforia por la caída justificada del Muro de Berlín, hoy se ha convertido en la necesidad de disponer de «un mejor Estado que facilite y regule un mejor Mercado».
Este importante cambio sólo se podrá hacer efectivo si nuestros gobernantes y la clase política en general, además de practicar la democracia de manera periódica y respetando la aritmética, dan testimonio de su inteligencia, conocimiento, honestidad y esfuerzo para señalar del dificultoso camino que nos queda por recorrer si pretendemos salir de la actual situación.
Y no son Códigos Éticos lo que nos hace falta. No robar o no disponer ilegalmente de los bienes ajenos, sean privados o públicos, es un código ético que se aprende en la catequesis de la Primera Comunión o que se enseña en la escuela laica el primer día que un niño mete en su mochila el cochecito de su compañero de clase.
Aunque es de dominio público el estado de salud de nuestra democracia, el último año nos ha dado síntomas todavía más preocupantes y que, por descanso vacacional, no es conveniente recordar.
Pero de manera similar a como ocurre en medicina, sólo la recuperación y la rehabilitación política serán capaces de sacarnos de este lamentable estado de convalecencia democrática como primera condición necesaria para generar el entusiasmo colectivo que nos permita abordar los retos y los cambios que España necesita durante el año que acabamos de estrenar.

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