Hace días leí una entrevista a un escritor con estética de maldito que sentenciaba esto: la literatura es siempre exageración. Sin embargo, también podría sostenerse lo contrario: la literatura es una fórmula magistral para atemperar las exageraciones de la realidad, y si recurre a cosas exageradas es para situarlas en el terreno de la fantasía, sugiriendo que la verdadera realidad no es así. O sea, que la realidad tal vez sea más exagerada que la literatura, y el escritor, un normalizador (un moralista, por tanto). Por ejemplo, la historia del abogado Rosemberg, que contrató a unos sicarios su muerte y grabó, antes de que se ejecutara el encargo, un vídeo en el que imputaba su posible muerte al presidente de Guatemala (al que suponía autor del asesinato de un amigo y de su hija, amante de Rosemberg), es, al parecer, muy real. Como novela parecería una exageración inverosímil.