A menudo me cabrea la buena conciencia de nuestra izquierda, su crónica borrachera de legitimidad, que le lleva, por ejemplo, a ignorar a los presos de conciencia de Fidel Castro o el atentado islamista sufrido por el dibujante danés Kurt Westergaard, el de las caricaturas de Mahoma, casos que me parecen más graves que la condena a pena de cárcel —injusta— de dos periodistas de la SER por publicar la lista de militantes del PP de un pueblo de Madrid en una información útil sobre corruptelas. En la sentencia, el magistrado teoriza además sobre si internet es o no un medio de comunicación, cosa que no debería dilucidar un juez que tal vez no sepa arreglar el secador de pelo de su señora.
Pero volvamos a la pereza y el acomodo de cierta izquierda, que se suma a su visión delirante del imperio. Puesto que «el imperio siempre estuvo ahí» (Philip K. Dick), todos los antiimperialistas son buenos. ¿Aunque sea el cura Merino, feroz enemigo de Napoleón, que se desayunaba aserrando liberales? Contra lo que puedan pensar los más desinformados en las primeras insurrecciones contra la URSS, así en Alemania como en Hungría y Checoslovaquia, la izquierda no autoritaria tuvo un papel tan relevante como la derecha, tal vez más relevante. Claro que en esa izquierda aún había tipos como Albert Camus.
La resistencia a la tiranía siempre configura algún tipo de ejemplo moral, forja la seguridad de que es posible pensar y afirmar la libertad en las condiciones más adversas. Así pues, admiremos a quienes combatieron a Franco, pero no creamos que sus méritos se transmiten con los genes políticos. Un izquierdista no es naturalmente mejor que un conservador, no es un cerdo ibérico comparado con uno blanco, y sus maravillosas grasitas no se infiltrarán en los músculos de su razón si no los ejercita. En situación de libre competencia, ninguna idea de izquierdas es mejor por ser más bien intencionada: hace falta que descienda a la arena del combate y al territorio de prueba que llamamos realidad. Entre tantas cosas como nos hacen falta, la menos necesaria de todas es una izquierda legitimista.
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