EN DIRECTO

Rumores de baja calidad

Matías Vallés

 05:30  

Los rumores han de poseer dos cualidades básicas, ser falsos y reunir la efervescente calidad que los hace atractivos desde tiempos inmemoriales. Darles pábulo acarrea un sentimiento de vergüenza que debería corregirse. Kennedy pasará a la historia por su política y por su esposa, pocas veces se destaca que era un ávido consumidor y difusor de cotilleos. Internet ha logrado que la rumorología pierda su aura de información privilegiada. A cambio, una de las secuelas de la red es el pésimo estado de las maledicencias propaladas a través de sus circuitos. El rumoreador profesional se siente amenazado por el intrusismo, aunque la muerte de Michael Jackson surgió de una página —TMZ.com— que desde su propio encabezamiento advierte que trasiega las interioridades de los famosos. Sin embargo, sus fuentes son impecables y, toneladas de información después, el fallecimiento sigue siendo el único dato irrefutable de las últimas horas del mito.
En contra de los rumores, se argumenta que el anuncio falso de que un terrorista suicida iba a inmolarse en Bagdad generó en 2005 una estampida de peregrinos, saldada con un millar de muertos. Sin negar trascendencia a la catástrofe —propagada sin ayuda de los medios de comunicación y redes satánicos—, la psicosis contra el tráfico aéreo posterior al 11-S originó tres mil muertos adicionales en las carreteras norteamericanas. En este caso se trabajaba con información de solvencia indubitable. El interés por la etiología, diagnóstico y curación de los rumores ha renacido a raíz del libro On Rumours, de Cass Sunstein. Este profesor de Derecho en Harvard es una pieza clave en el Gobierno de Obama, además de autor del superventas Un pequeño empujón. Su perspectiva queda enfocada desde el propio subtítulo, «Cómo se propagan las falsedades, por qué las creemos y qué podemos hacer al respecto». En la línea de su jefe en la Casa Blanca, piensa que la población puede adiestrarse para no caer en las trampas de la no-ficción creativa.
Los rumores golpean las situaciones más incontrovertibles. Un contingente apreciable de norteamericanos cree que Obama no nació en Estados Unidos —un dato que le impediría ser presidente— y que es un musulmán clandestino, en ambos casos sin fundamento documental. Sin embargo, también era considerable el porcentaje de estadounidenses convencidos de que Sadam había participado en el 11-S y que el dictador iraquí mantenía vínculos con Al Qaeda, por no hablar de sus armas de destrucción masiva y de sus fabulosos manejos para obtener uranio. La diferencia estriba en que el segundo lote procedía de fuentes gubernamentales, cuando no de la propia Casa Blanca. Una vez más, cientos de miles de personas fallecieron por culpa de una información errónea, aunque contrastada en sus ínfimos detalles.
La dudosa conclusión establece que la información merece todos los honores, aunque sea más grotesca que falsa. En cambio, los rumores son despreciables por mucho que acierten. Se trata de un flagrante clasismo factual, máxime cuando los cotilleos —al igual que los acusados en un proceso— pueden mentir sin sonrojarse, en tanto que el periodismo testimonial está sometido al criterio de veracidad. Internet ha democratizado la propagación de bulos o, en el lenguaje de Sunstein, la posibilidad de «herir y ser heridos». Contra la visión estricta y profesoral, el rumor puede ser comparado a la introducción deliberada de un virus en el sistema, para vacunarlo contra infecciones de mayor calado.
Frente a su labor divulgadora de falsedades, el archivo universal también multiplica las posibilidades de verificación, no siempre a gusto de los poderosos. Hillary Clinton comprobó esta capacidad cuando fantaseó sobre sus tribulaciones en un viaje a los Balcanes. En personajes menos comprometedores pero más apasionantes, se llegaba a la situación inverosímil de que rumores igualmente inciertos entraran en contradicción, tras comprobarse que una celebridad no podía hallarse en dos lugares —o en dos camas— al mismo tiempo. En un libro anterior, el propio Sunstein ya demostró que los infundios sólo adquieren visos de riesgo cuando recaen en un caldo de cultivo predispuesto a aceptarlos. El resto de la población se limita a reírse con ellos, desde la exigencia de una calidad que autorice a no contrastarlos con la realidad.

  HEMEROTECA

  Viñetas de Raúl Salazar

TEXTO

DESCRIPCION

 Ver galería »

  El humor gráfico de Ortifus

TEXTO

DESCRIPCION

 Ver galería »
Levante-emv.com y Levante-EMV son un producto de Editorial Prensa Ibérica
Queda terminantemente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos ofrecidos a través de este medio, salvo autorización expresa de Levante-emv.com. Así mismo, queda prohibida toda reproducción a los efectos del artículo 32.1, párrafo segundo, Ley 23/2006 de la Propiedad intelectual.
 


  Aviso legal
  
  
Otros medios del grupo Editorial Prensa Ibérica
Diari de Girona  | Diario de Ibiza  | Diario de Mallorca | El Diari  | Empordà  | Faro de Vigo  | Información  | La Opinión A Coruña  |  La Opinión de Granada  |  La Opinión de Málaga  | La Opinión de Murcia  | La Opinión de Tenerife  | La Opinión de Zamora  | La Provincia  |  La Nueva España  | Mallorca Zeitung  | Regió 7  | Superdeporte  | The Adelaide Review  | 97.7 La Radio  | Blog Mis-Recetas  | Euroresidentes  | Lotería de Navidad | Oscars | Premios Goya