El historietista Manuel Vázquez (Anacleto, Las hermanas Gilda) explicó a una periodista su sentido de la bohemia como la libertad de, una vez finalizada la entrevista, acompañarla a Madrid en el avión y, al llegar allí, regresar sin más razón que porque le apetecía. Los ejecutivos ponían prácticamente el mismo ejemplo para lo contrario, para una comida de negocios.
Después de unos años de criticar, en mis conversaciones privadas, a un empresario por contar que se había ido a Valencia, había comido una paella y había regresado, un día volé a Valencia, comí una paella en un almuerzo de trabajo y regresé de nuevo. Todo esto me pasó siendo sólo periodista y haciéndolo por trabajo, o sea, en contra de mi voluntad.
Cada vez que tengo que madrugar como si no durmiera para tomar aviones en aeropuertos siempre más grandes, atestados e incómodos, para acudir a una reunión en una ciudad donde no soy turista ni viajero sino un currante que vive muy a las afueras y, horas después, emprender una vuelta simétrica pienso en lo poco que se ha extendido el uso de la videoconferencia, pese a la espectacularidad del muro de imágenes en alta definición a tamaño real, la puesta en escena de mesa de trabajo y el interfaz para compartir documentos.
Desde que Al Gore es profeta contra el calentamiento global, sus enemigos (desinteresados del cambio climático o interesados en contaminar, según) le calculan cuánto CO2 libera en la atmósfera para concienciar acerca del CO2 que libera a la atmósfera la industria contaminante. Él dice haberlo calculado y asegura que los números le salen a favor de sus vuelos en jet privado.
Los vendedores de tecnología para video-conferencias se ponen verdes y estiman que se podrían economizar 22 millones de toneladas anuales de CO2 si las empresas europeas redujeran el 20% de sus viajes de negocios. Lo he leído en el magazine de Air France en el vuelo de regreso.