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En medio de la plaga

Alfons Cervera

 05:30  

La noche del pasado martes el sueño se me llenó de ratas. Primero estaba en una calle desconocida y aparecía un pequeño gato que arrastraba del rabo una enorme rata muerta. Luego había un tiempo sin nada dentro. Pero enseguida regresaba el sueño de antes. Ya no había ningún gato. Lo que había eran esqueletos de rata, de muchas ratas. En una parte del sueño salía una especie de museo, como de dinosaurios. Pero las grandes estructuras huesudas eran de rata. Cuando desperté encendí la luz y mientras subía al estudio era como si estuviera chafando carne blanda de rata. A lo mejor es que no me había despertado y seguía dentro del sueño, como en esas increíbles novelas de Philip K. Dick que tanto le chiflan a mi querido Emili Piera. Menos mal que desde la ventana se veía la nieve de los montes y Gestalgar, en esa hora temprana casi a oscuras, era como un sueño de verdad tranquilo y no una pesadilla. No había ratas en la calle Larga, ni en la escalera, ni en ningún sitio. Sólo en mi sueño. Pero enseguida supe la causa de aquel delirio de terror y de asco. Se trataba de Albert Camus. Llevaba unos días repasando cosas suyas, algunos libros que me son imprescindibles para vivir y para todo. Ahora hace cincuenta años que se mató en un accidente de coche.
El otro día, en estas mismas páginas, mi amigo y magnífico escritor Ricardo Menéndez Salmón escribía un texto bellísimo sobre el autor de El extranjero. Esos días del sueño yo había releído La peste después de mucho tiempo. Siempre me resultaron insufribles las primeras páginas. Las ratas ocupan las calles, las casas, la vida de la ciudad y de sus gentes. Todo cerrado, en cuarentena la libertad, la muerte entre el olor y la carne blanda de las ratas muertas. La peste. Para qué darle tantas vueltas a las metáforas. Lo dice sencillamente el viejo asmático al que visita el doctor Rieux: «Pero ¿qué quiere decir la peste? Es la vida y nada más». A lo mejor es que la vida está llena de ratas muertas, de esqueletos de rata cuya carne tumefacta deja su huella pastosa en las calles, en las casas, en los despachos donde habitan individuos que se descomponen como la carne podrida sin que se den cuenta. Los sueños dicen que siempre surgen de lo real. La frontera entre la realidad y el sueño es muy frágil: la saltamos como si fuera una línea de lápiz trazada por la mano inocente y trémula de un niño. Pero cuál era la realidad que enlazaba con mi pesadilla. Una parte de esa realidad era la escritura irrepetible de Albert Camus. Pero había otra y la descubrí al día siguiente.
Tenía el periódico del martes justo allí, al lado de la novela, y ponía en la primera página que Francisco Camps había amenazado con otra guerra victimista contra Zapatero, a cuenta, ahora, de la gestión de los aeropuertos. Unos días antes era la firma de un decreto ley contra la paralización por expolio del negocio que Rita Barberá y sus amigos tienen montado con los derrumbes del Cabanyal. Ahora era por los aeropuertos y mañana a saber. Cualquier cosa le sirve para disimular la miseria moral propia en los pliegues de las perversiones adjudicadas a los demás. Una manera vil de parapetarse, otra vez más, en la inmundicia. No se detiene este hombre por nada del mundo. No es él quien está en el ojo del huracán del descrédito público sino los otros. No se da cuenta de que, como en la película de Amenábar, el muerto es él. En los últimos párrafos de la novela de Camus hay un canto a la humana esperanza: «Algo se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio». Pero eso no lo sabe Camps cuando enchufa el ventilador y esparce el olor a podrido que según su estrategia exudan los otros. No sabe que eso que diariamente pisa con zapatos de lujo en su despacho, como si fuera la superficie mullida de una alfombra persa, no es más que carne blanda y asquerosa de rata muerta. De muchas ratas muertas. De muchas.

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