Las regatas del desdén

Pedro Muelas

 05:30  
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Antes de Zaplana, de Camps, de Rita Barberá y de los grandes eventos de ahora, las Cortes de Valencia de principios del XV ya le vieron esa ventaja al negocio e inventaron algo muy parecido para atraer inversión al reino, sobre todo a la ciudad, prestigio y situarse en el concierto económico internacional, un sistema que, evidentemente, como ahora, también pasaba por poner el dinero, como se lo ponemos ahora a Bertarelli o Berni Ecclestone. Los jurados de la ciudad estaban deseosos de pagarle al rey Alfonso el Magnánimo a fin de contar con su persona y la corte y le ofrecieron, según le he leído estos días de temporal a Alan Ryder (Institució Alfons el Magnànim. 2008) hasta 1.000 florines por mes siempre que residiera aquí hasta cuatro años. Alfonso, que por esas fechas y sin reino de Nápoles, siempre estaba pasando la mano por la pared y empeñando hasta su guardarropía, para envidia de catalanes y aragoneses cumplió y en la primavera de 1425 ya no abandonó la capital, sólo para despachar asuntos urgentes.
Había venido en invierno, cuando las penosas tareas de guerrear y reinar bajaban mucho. Y le encantaba esta ciudad porque ofrecía ¿les suena? una variedad de entretenimientos superior a las demás con corridas de toros, fiestas, bailes, fuegos artificiales y torneos. De modo que, con la pasta por delante que le ponían los valencianos, y con tanta fiesta — con razón Ricardo Costa ya dijo que aquí nunca se acaba— se quedó el rey con su corte hasta que luego se largó a quedarse con el Reino de Nápoles y nunca más se supo.
Este atrevido recordatorio viene a cuento, una vez más, del «gran evento» que no sabemos cuánto nos costará y que tenemos a las puertas, —o no—, que diría Mariano en el Puerto de Valencia con la Copa del América número 33, que se supone que van a disputarse los equipos del suizo Bertarelli y el americano Ellison. Francamente, a estas alturas, a menos de un mes de la disputa está todo manga por hombro, no hay nada seguro más que el Consell y el Ayuntamiento de Valencia están dispuestos, como aquellas Cortes, a poner el dinero para no se sabe bien qué y para un torneo que no se sabe si se va a celebrar, ni cómo. Después de que el «amigo» Ernesto se llevara la Copa a Ras al Jaima y se la haya tenido que traer a la fuerza, ahora se nos dice que se ha negociado para que el Consorcio —Consell, Ayuntamiento de Valencia y Gobierno— organice el encuentro, es decir, ponga la infraestructuras y el dinero. ¡Y resulta que a) el Gobierno, la tercera pata, todavía no ha dicho nada, —«hay un principio de acuerdo»— que b) está pendiente que, una vez más, un juez diga si valen o no valen las velas que tiene el barco del Alinghi y que c), no es seguro, se dirimirá sólo al mejor de dos carreras!
Más en el aire, imposible. Además van Rita y Paco y le dan al Alinghi la «Senyera» y lo nombran el equipo de casa, frente al del BMW, cuando Bertarelli no asegura la edición buena, la grande, la 34ª, si gana esta, cosa que sí ha hecho BMW. Peor, de verdad, imposible.
Y, para colmo, resulta que ya no van a ser ni en fin de semana para animar al público a verlas y llenar el puerto y darle sentido a esas inversiones de nunca acabar, ni siete regatas, ni seis, sino dos y, con suerte, tres. Pero es que, además de ser entre semana y en pleno invierno, ya me dirán, como se pregunta mi compañera Amparo Barbera, práctica y aguda, a qué hora tiene que ir el público para ver los barcos salir y a qué hora se tiene que apostar «para ver los barcos venir», que cantaría Carlos Cano. Si la carrera empieza a las diez de la mañana en el campo de regatas, como mucho tendrán que salir de puerto a las ocho u ocho y media… a qué hora tiene que levantarse alguien que quiera ver el «grandioso espectáculo».
Ya se andaba Jaime Lisabesky receloso. Se lo contó a Juan Ramón Lucas una mañana en RNE. El secretario de Estado para el Deporte no lo veía claro — poner dinero para estas regatas— porque eran sólo dos equipos y no atraerían interés mundial. Desveló Lisabesky que Barberá se lo planteó como una inversión previa para que se celebre la de todos los equipos, una como la que tanto dinero y tanto éxito trajo para Valencia… con toda la corte de los nuevos reyes del mar.
Los reyes, añadiría yo, del desdén. Porque no he visto nada igual que estos dos millonarios. Mucho te quiero perrito, pero pan poquito. Estos van a la suya, a su torneo a sangre medieval de caballeros ofuscados en su litigio personal y no han podido ni acceder a que haya más regatas, que sean en fin de semana y en abandonar sus pleitos. ¡Dios mio lo que hay que tragar para ser la capital del Reino!

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