Parte del llamado «grupo de los cien» que urge cambios al Gobierno —entre los que figuran dos profesores de la Universitat de València— ponían de nuevo esta semana el dedo en la llaga de la mala situación económica del país en coincidencia con un amplio informe del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas sobre el Arco Mediterráneo. Nuestro verdadero problema, venía a decir, es que somos poco productivos. O sea, la aportación de cada trabajador a la riqueza nacional es muy pequeña. Para mejorar las cosas no basta con cambiar por ley de sectores si se mantiene esa disfunción. La baja productividad sólo se combate, para empezar, con reformas en serio de la educación y el mercado laboral.
Se acabaron las muletas públicas para los sectores en apuros. El hombre con más peso económico de la Unión Europea, el comisario español Joaquín Almunia, ha advertido a los países miembros que antes de finales de año hay que retirar todos los estímulos estatales. En la partida contra la crisis avanzamos a otra casilla. Es la hora de centrarse en medidas regeneradoras.
España parte con desventaja. Seguimos en el fondo del pozo mientras otros países dan síntomas de reactivación. El destrozo se ha agrandado aquí por males específicos que amplifican la onda destructiva global. Viene sucediendo así en cada una de las recesiones de los últimos 35 años, en dictadura o con democracia, con gobiernos de izquierdas o de derechas. No podemos fiarlo todo a que se recuperen las naciones del entorno para que nos arrastren a la buena senda. O arreglamos nuestros propios e intransferibles desajustes o en cada ciclo económico, a cada golpe, nos empobreceremos un poco más.
La gran diferencia de la economía española radica en la facilidad con la que destruye empleo. Esa disfunción sólo se explica por la menor productividad española. Para fabricar lo mismo España precisa más trabajadores. Cuando la crisis obliga a reducir producciones, el ajuste se hace en puestos de trabajo. La competitividad española cayó en un año cuatro puestos, del 29 al 33, en la clasificación mundial. Por primera vez, un ex país soviético, la República Checa, nos adelanta.
Son varios los economistas, de diversas tendencias, que han alertado del peligro de este problema. Y todos, básicamente, coinciden en lo mismo. Para ser productivos hay que agilizar contrataciones, reacomodar salarios, tener más tecnología y mano de obra cualificada. Todo eso sólo puede llegar de la mano de reformas laborales y educativas. Cada indicador nuevo carga de razón a quien así piensa.
La pócima mágica no es reemplazar un modelo de desarrollo por otro. Echando la vista atrás el nuestro lo sustituimos varias veces y la economía sigue débil. A mediados del siglo XX, España pasó de país agrícola a industrial. Tras la primera crisis energética, una reconversión revitalizó factorías obsoletas y cercenó actividades poco rentables. La expansión que trajo la entrada en Europa se volcó en la construcción y los servicios. Tres recetas distintas y aún vamos a cola.
El empleo tardará en recuperarse cinco años, según el secretario de Economía y exactamente el doble, según un estudio de las cajas de ahorro. Pese a la discrepancia, demasiado largo lo fían unos y otros como para cruzarse de brazos ante las lacerantes estadísticas del INEM. Por eso es urgente abordar con crudeza y realismo el debate sobre nuestros lastres económicos. Las rigideces desincentivan la creación de empleo y desaniman a los emprendedores.
Los datos en la enseñanza son también tozudos. España es capaz de producir más universitarios que Alemania, Francia o el Reino Unido, aunque de menor calidad, y a la vez presentar una de las tasas de abandono de estudios superiores más elevadas. Existen tres veces más licenciados que graduados en formación profesional. Hay mucho doctor, mucha mano de obra con estudios básicos y escasos trabajadores con cualificación técnica media.
El militar Louis Hubert Lyautey, el artífice del protectorado francés sobre Marruecos, pidió en una ocasión a su jardinero que plantara un árbol. El jardinero objetó que tardaría mucho en crecer: «No alcanzará la madurez hasta dentro de un siglo». El general replicó: «Pues no hay tiempo que perder. Plántalo esta tarde». El inmovilismo se paga muy caro. Con argucias de mira corta y ocurrencias de peso pluma no vamos a salir reforzados de esta crisis. Como el árbol de Lyautey, lo único que necesitamos es empezar a plantar soluciones mañana mismo.