La cosa empezó unos días antes de Navidad con un café cara a cara, sin testigos, entre José Luis Olivas y Jorge Alarte en el recién estrenado nuevo despacho del primero, de vuelta a la sede de Bancaja tras el largo exilio dorado en el Banco de Valencia a causa de la obras en el edificio de la caja. El motivo oficioso de aquel encuentro en la cumbre fue el deseo expreso del dirigente socialista de trasladarle al presidente de Bancaja los planteamientos generales y financieros de Ferraz y del propio Gobierno en el sector de cajas de ahorro, así como escuchar sus opiniones sobre tales cuestiones. Un comportamiento políticamente correcto entre el representante de un partido con vocación de gobierno y el presidente del primer grupo financiero del territorio y dentro de los usos y costumbres que acompañan las relaciones entre instituciones oficiales, políticas, empresariales y financieras (Alarte ha mantenido un encuentro similar con Modesto Crespo, presidente de la CAM, en Alicante). Crisis financiera, fusiones entre cajas, situación económica general... y renovación de los órganos rectores de Bancaja, naturalmente, fueron los principales asuntos tratados en aquel prolongado café, tal y como este Tranvía ha podido contrastar con ambos «contertulios».
No hubo más, ni menos, a pesar de que en estos tiempos de irracionalidad la cordura se haya convertido en noticia. Olivas y Alarte se mostrarían de acuerdo en que al fin y al cabo, es de cajón, el «accionista» mayoritario de la caja, las Cortes Valencianas, está controladado por el Partido Popular y cualquier decisión sobre la composición del nuevo consejo de administración pasa por la decisión de ese partido y por los designios de su dirigente, Francisco Camps. Es altamente improbable que el siempre circunspecto José Luis Olivas consintiera en comprometerse con algo que escapa a sus competencias y más en una etapa como la actual de severa inestabilidad en el Gobierno de la Generalitat e incluso en la persona del propio presidente, cuyos movimientos desde hace meses son alarmantemente imprevisibles (o sea, «una bomba de relojería», como matizan algunos). Olivas tenía garantizada la renovación al frente de la entidad, pero esas garantías son como el amor eterno, duran hasta que se acaba... un paso en falso y adiós a la presidencia. Lo cual no quiere decir que ambos dirigentes no expresaran su acuerdo sobre el mantenimiento del estatus de los socialistas dentro del sistema de contrapesos políticos internos que aseguran la gobernabilidad de la caja en estos procelosos tiempos de crisis y en los aún más que se avecinan. Es decir, de conservar ciertas posiciones en el escalafón por parte de los consejeros socialistas así como la representación sindical y la de los impositores «progres». El objetivo: mantener líneas de comunicación entre sensibilidades políticas opuestas dentro de la enajenación institucional que nos envuelve. De esa forma, además, Alarte protegía a los suyos y Olivas se aseguraba un «reinado» con paz interna.
El resto ya es conocido. La «bomba de relojería» andante, herida de gravedad a causa del caso Gürtel, ya no sabe distinguir donde acaban sus intereses personales y comienzan los generales, los de todos (en realidad, hace tiempo que perdió esa virtud). Así que al enemigo ni agua, aunque a cambio se encienda una mecha que no se sabe cuándo, cómo ni dónde puede explotar. Camps ordenó expulsar a los socialistas del paraíso terrenal de Bancaja rompiendo todos los equilibrios que Olivas había ido enhebrando pacientemente durante los últimos meses. Adiós a la pax romana: no hay nada más peligroso para una entidad financiera en situación, digamos que difícil, que tener sentados en el consejo a media docena de consejeros hostiles dispuestos a cobrarse la humillación y desprecios recibidos.
«Tal vez ahora el Banco de España escuche votos particulares y versiones diferentes de los informes oficiales que reciba de la caja», afirma uno de ellos a quien indudablemente el menosprecio presidencial le ha calentado la boca (¿antes se callaban las presuntas irregularidades que ahora se muestran dispuestos a cantar porque no les han dado un trozo de tarta?, ché...).
Tampoco se entiende muy bien que Alarte permita a sus generales (y generalas) engatusar a la opinión pública con la existencia de un compromiso formal cuando en realidad no lo hubo, salvo que no se haya hecho aún con el control del partido. Así no se construyen la imagen y fiabilidad de un partido ni la de un dirigente que se presenta y pretende como alternativa al vacío actual (y con sucesos como los del Ayuntamiento de Benidorm, tampoco).
En cuanto a Olivas, flaco favor ha recibido del presidente. Más bien, si las cosas no se enderezan por alguna vía (bastante improbable al día de hoy con la mayoría de los puentes rotos entre ambas formaciones), podría haberle amargado los seis años que le restan de mandato hasta 2016. Con el fuego enemigo afilando sus armas mientras le llega al cogote el aliento del fuego amigo (Mas Millet no ha llegado a Bancaja en plan jarrón chino, como otros), este segundo mandato se presenta apasionantemente entretenido para JLO. Todo un reto perfectamente asumible para el hombre que supo ser concejal, conseller, vicepresidente y Molt-honorable president sin que le moviera un pelo de su atildado flequillo. Y mientras, por el sur, la CAM ha reducido a dos la presencia de consejeros socialistas -siete en Bancaja- frente a 18 del PP y levantado nuevas barreras a cualquier atisbo de alianza con el norte. Lo dicho, en este país, dos (no tres) son multitud.
Periodista. cruzs@arrakis.es