A lo mejor la realidad es cuántica, como las relaciones que mantienen en su universo canijo las partículas subatómicas, lo digo por Mrs. Robinson la pía diputada fundamentalista de Irlanda del Norte que, sin dejar de amenazarnos con el Deuteronomio (que efectivamente parece una cosa de Lovecraft), engañaba a su marido y favorecía a su amante sin olvidarse de cobrarle una comisión por lo prestado. He navegado un rato por las procelas de You Tube para recrearme en las coplillas de escarnio y maldecir que le han dedicado a la señora, casi todas con la letra de la famosa canción de Simon&Garfunkel que sonaba en El graduado. Y me he estremecido: «A su salud, señora Robinson/ Jesús le ama mucho más de lo que cree/ que Dios le bendiga por favor/ el Cielo tiene un lugar para aquellos que rezan».
Todo eso fue escrito hace más de cuarenta años, aunque a mí no me parece ni una divina capacidad para predeterminar nuestro futuro –como le pasaba a Mary Shelley en Remando al viento de Gonzalo Suárez –, ni una modesta manifestación del don profético sino, como ya digo, un fenómeno cuántico, aquello tan misterioso de que la intervención del sujeto modifica la conducta del objeto y el ojo del observador, la naturaleza y trayectoria de lo observado. Es decir que la realidad es flaca y sin substancia si no le pasas un guión, de ahí la necesidad de respetar los derechos de autor, incluida la autora de nuestros días, y al responsable –cualquiera que sea– de estos extraordinarios atardeceres que nos regalan los días invernales de furioso huracán y nieve vienesa (Santiago Rusiñol se iba con los amigos a ver puestas de sol y, al final, puestos en pie, aplaudían al grito de «¡Autor, autor!»).
Por todo ello hay que ser muy cuidadoso con lo que se dice y escribe, y ahora no me refiero al estilo, que también, sino, por ejemplo, a esa ligereza con la que Mariano Rajoy nos anuncia todo tipo de calamidades que probablemente ocurran si llega a estar bastante motivado. Conocemos mejor los motivos de los personajes que los del guionista, que son los que cuentan.