Acaban de inaugurar un aeropuerto en Lleida (el Lledia-Alguaire) gestionado íntegramente por la Generalitat de Cataluña. La inversión inicial es 95 millones. El otro día, un avión procedente de Barcelona, con la variedad de las autoridades catalanas en su seno, aterrizó en el nuevo aeródromo a fin de cortar la cinta que lo ha de trasladar al futuro. El fututo está cerca, en los Pirineos: se ha instituido como una puerta de acceso para la clientela «esquiadora», además de en una recta conexión con determinadas capitales europeas. En cualquier caso, ya tenemos un aeropuerto en Lleida. Como en Girona y en Tarragona. Todas las provincias catalanas disponen de esas pistas reglamentarias, dispuestas en una red integradora. El de Lleida, por otra parte, está a un paso del AVE (y de la autopista). Si levantamos la mirada, y sobre todo si la bajamos hacia nuestro sur aeroportuario, contemplaremos un panorama muy irritable, y en su epicentro, convocando a rayos y centellas, el cigoto del aeropuerto de Castelló, sobre el que se han desatado campañas coléricas y se han abatido las siete plagas de la antigüedad, una tras otra: desde las sospechosas rentabilidades económicas hasta los amenazantes acompañamientos institucionales. En lo más alto de la jerarquía perniciosa todavía discurría, como un faro luminoso, la violada naturaleza, así en la flora como en la fauna. En este último apartado se recordarán las vicisitudes operativas del aguilucho cenizo, animal que ha de ser muy bello y de irrenunciable protección, cuyo particular desliz consistía en nidificar sobre los campos destinados al asfalto mortífero, convocando a su exterminio. Su salvación forma parte ya de la leyenda valenciana. Las autoridades de aquí, absortas acaso ante el ejemplo inglés que logró convertir hace décadas el putrefacto Támesis en un nítido espejo, renunciaron a las obras para salvar al aguilucho, al que se podría proponer como emblema de la nueva instalación. El resto es conocido. Hay aeropuerto en Alicante, en Valencia y, al fin, lo habrá en Castelló.
Las sociedades debaten sobre los proyectos severos que transforman su realidad inmediata o bien polemizan sobre la perpetuación de su patrimonio y su memoria. Lo agotador, en esta geografía, es la reiteración estéril de controversias inútiles. Y la tensión volcánica en la que suelen derivar: la división en buenos y malos, partidarios y detractores, indígenas y colonizadores. La verdad, con nosotros; el error en los demás. Desde siempre han existido fuerzas retardatarias que han abrigado la convicción de ser la vanguardia de la sociedad. Vade retro, don José. El ludismo, en el XIX, fue un movimiento que atacaba las máquinas. Sus descendientes actuales van colgados a un «ipod». Mientras tanto, la «sociedad» va a la suya. Como el dinero y el empleo, en las sociedades capitalistas, no desciende del cielo o de papá Estado, hay que levantar negocios, realizar movimientos mercantiles, desarrollar productos comerciales, inventar intercambios, ganancias y dividendos. Equivocados, o no. ¿Sirve un aeropuerto para activar el tinglado? En todo caso, sabemos dos cosas: las compañías «subalternas» buscan pistas secundarias para convocar al material con el que negocian, el pasaje. Y en Castelló –y sus afueras– existen pelotones antiaeropuerto que levantan banderas progresistas a semejanza de aquellos románticos de primera generación cuyos valores, por novedosos, parecían revolucionarios. Sólo eran, al fin, el instrumental de una gran confusión.