Dimitir supone renunciar a un cargo al que se ha accedido por elección o designación y hay, a mi entender, dos motivos esenciales para hacerlo por decisión propia: como forma de presión, cuando no se dan las condiciones objetivas para realizar las tareas encomendadas, y por honestidad, cuando los acontecimientos lo exigen, bien sea para no dañar a las instituciones a las que se pretende servir o para no sacar una ventaja cualquiera que exceda el marco del cargo. La dimisión como presión debe ser siempre anecdótica y el último recurso para llamar al orden a quienes estén por encima. En cuanto al segundo supuesto, lamentablemente en nuestra sociedad no hay una cultura de la dimisión y da la impresión de que son muchos los que se atrincheran en sus cargos y solo están dispuestos a dejarlos si el fatídico motorista de El Pardo trae el temido telegrama de cese ( como ocurría en la dictadura).
El reciente ejemplo de Diaz Ferran, negándose a dimitir de su cargo al frente de la CEOE,a pesar del daño que puedan causar los problemas de sus empresas a la imagen de los empresarios españoles, es un ejemplo de lo antedicho, aunque en el lado contrario habría que destacar la dimisión, en su día, de Antonio Asunción como ministro de Interior a raiz de la fuga del que fuera director de la Guardia Civil con una amplia trayectoria de corrupción.
En el fondo de la cuestión, lo que subyace es una concepción del desempeño de un cargo como privilegio/derecho o como servicio y a ese matiz habría que atribuir la resistencia de muchos y la generosidad de pocos a la hora de dimitir.
En el marco de la Universitat de València, el Prof. Esteban Morcillo comunicó a la Comisión de Investigación que ya en noviembre, coincidiendo con la declaración de su intención de presentarse a las elecciones a rector, planteó su dimisión como vice-rector de Investigación y que esperaba que fuese aceptada al hacer efectiva la presentación de su candidatura a las elecciones de marzo. El mismo ejemplo lo dio el Prof. Jose Luis Barona cuando renunció a la dirección de la Universitat d´Estiu de Gandia para presentarse a rector en su día; por lo que no me caben dudas de que el Profesor Antoni Furió y la Profesora Mª Antonia García ya habrán presentado sus dimisiones a la dirección del Servei de Publicaciones de la Universitat y de la sede valenciana de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, respectivamente y todos esos ejemplos vienen a demostrar la autoridad moral de la universidad como referente social y a poner de manifiesto que en las universidades no solo se enseñan ciencias y se preparan técnicos del más alto nivel; sino que se forman personas con valores éticos y con un compromiso claro de servicio a la sociedad y de las instituciones. Sigamos pues cultivando estos valores, que tan necesarios son para la convivencia en tiempos de crisis, y profundicemos en nuestra influencia ética sobre la sociedad valenciana.
Catedrático de Química Analítica de la Universitat de València