Al igual que la energía, que no se destruye, sólo se transforma, así ocurre con las comarcas del organigrama flotante del PSPV. Las tenían, eran fruto de su herencia y acabaron con ellas. Hoy resurgen de las cenizas, como el espíritu fallero, que nunca expira, sino que regresa año tras año, imperturbable, tras el fuego purificador. Un fracaso, como el de la aniquilación de las unidades comarcales, puede llevar a otro, pero de sabios es enterrar pronto las decepciones y olvidarse de las exequias. Zanjado el asunto de las comarcas, que hoy resucitan como referentes del partido e instrumentos de coordinación –no en su versión política, afectada por el vaciado de poder–, son las ejecutivas provinciales las que extravían su sentido y función. En el juego de los territorios posibles, un espacio desfallece para que otro germine. Y a pesar de que el patrón comarcal adolece hoy de cargos, instalados todos en el destacamento provincial, pronto nacerán los ánimos briosos que propondrán nuevas jerarquías y aparatos. ¿A santo de qué –descartada la dimensión– la provincia ha de instituirse en un orden superior a la comarca? ¿En qué manual de la izquierda antiglobalizadora está escrita la defunción de la hermandad «natural» o su claudicación frente a una pieza administrativa dibujada con tiralíneas? ¿No se alzan voces cada vez más insistentes que reclaman la aniquilación de las diputaciones ancladas en calendas muy antiguas y superadas por el poder autonómico? El PSPV se equivocó, el PSPV rectifica. En ese paréntesis se ha engendrado una deformidad, la institución provincial socialista. La sombra de las diputaciones todavía es muy alargada.
Póquer. El sábado, en las instalaciones que alumbró la compañía Ikea en Murcia no cabía un alma valenciana más. El éxodo poblacional hacia Murcia, Zaragoza, Madrid o Barcelona para regresar a Valencia con un mueble bajo el brazo deja en la insignificancia a las migraciones periódicas de la historia. Sin embargo, el gigante sueco todavía no se ha establecido en Valencia o alrededores. ¿Será la demanda? El fundador de Ikea, el señor Ingvar Kamprad, alberga una máxima que no admite objeción: sólo cuando se duerme no se cometen errores. Es improbable que el empresario, que inició el embrión de su negocio a los 17 años al proporcionarle dinero su padre por sacar buenas notas, cometa el error de renunciar al enorme mercado que suministran los entusiastas compradores valencianos. Los empresarios –los buenos empresarios– son audaces, están dispuestos a correr riesgos y no descansan en su afán de extenderse o expandir sus proyectos. La competencia, para ellos, es el «fuego» del que hablaba Marx. Ikea, al fin, iba a desembarcar en Paterna. Pero la historia se truncó. Los ejecutivos de la multinacional –que como todos los ejecutivos han de comparecer ante el dueño, aunque el dueño no diga ni pío, con más beneficios y menos costes– no desean asumir pagos más allá de determinadas cifras. Lorenzo Agustí, el alcalde Paterna, tampoco: vaciaría sus arcas municipales. En realidad, Agustí ha rememorado a Camus en su aniversario: entre la justicia y mi madre, prefiero a mi madre. Entre Ikea y Paterna, prefiero Paterna. ¿Fin de la historia? No. Los altaneros ejecutivos regresaron –la imagen de una empresa es hoy su mayor valor– y desenredaron la jugada de póquer, su envite atemorizador. «Una partida de póquer», así ha definido las negociaciones Agustí. En el fondo, la última pieza que sostiene el tinglado capitalista se reduce a eso: a una partida de poquer.