De las imágenes de Haití horrorizan, sobre todo, los cadáveres por las calles, los saqueos y los linchamientos. «Parecen bestias», pensamos. Más aún que la mortandad en sí, nos produce horror la regresión del hombre al salvajismo. Entre nosotros nunca podría ocurrir esto, nos decimos, y tal vez con razón: el salvajismo occidental guarda ciertas formas. Claude Lanzmann, autor de «Shoah», dice que en su película no salen cadáveres, porque en los campos de exterminio nazis no los había, el juego era ocultarlos. Salvando, desde luego, obvias y grandes distancias, en las guerras de Occidente, que filma en directo (aunque con censura), tampoco salen muertos. Occidente reserva la charcutería para la ficción, en la que se recrea. En la vida real, a falta de buenos terremotos que favorezcan el caos, en Europa nos organizamos guerras tremendas cada tanto, para dar suelta al salvajismo represado.