La práctica totalidad de los municipios de Castelló, a excepción de los de la Plana, casi todos los de Valencia, menos el área metropolitana, y muchos pueblos de Alicante están vertiendo en Villena. Es un ejemplo insoportable de la mala gestión de los residuos que arrastra la Comunitat Valenciana y que ningún gobierno, ningún conseller, ha logrado solventar. Es la gran asignatura pendiente, más allá de otros logros campanudos que tanto gusta la oficialidad de publicitar. La desgana con que la Generalitat ha afrontado esta cuestión está a punto a convertirse en un problema de incalculables consecuencias, como no nos hemos cansado de advertido. La basura de más de dos millones de valencianos ha de transportarse a cientos de kilómetros de distancia. No sólo es que los residuos acaben en el basurero sin haber sido sometidos a la menor criba —sólo se recicla un 3%— es que la ineficaz e inexistente política pública y global en este aspecto hace que su gestión sea de lo más insostenible que se pueda imaginar. El hecho de que se emita tanto CO2, se consuma tanto combustible fósil y se moleste a tanta gente para enterrarlos ya en en sí un disparate; coste económico,al margen. En 1997 arrancó el Plan Integral de Residuos, en 2000 se aprobó la ley de residuos y en 2009 se inició una revisión en profundidad del plan de 1997. En esa renovación la mejor y mayor aportación fue la propuesta de poner en marcha incineradoras. Pero nada se ha avanzado en ese sentido, como se puede ver.