Qué fácil nos resulta hoy en día buscar una ciudad, una calle, en nuestro GPS. Conectamos el navegador, insertamos los datos necesarios y todo el mundo está a nuestro alcance en una pequeña pantalla. Pero esto no ha sido siempre así. Es un dato poco conocido que la elaboración de los primeros mapas de la Tierra, en la Antigüedad, deben mucho al clima. Dos elementos climáticos, la insolación y las temperaturas, fueron la base, desde época griega y hasta muchos siglos después, de los sistemas de representación cartográfica. El globo terrestre se dividía en tres zonas según su temperatura –fría, templada y tórrida- y el mundo habitado, donde se conocía existencia del ser humano, se dividía en klimatas. Los klimatas o klimas eran las franjas de latitud que tenían una similar duración de la luz del Sol durante el solsticio de verano. En el mapa del mundo conocido de Eratóstenes (s. III a.C) la península Ibérica estaba situada entre las líneas de paralelo de Rhodas y de Amisus, en el llamado klimata sexto. Conforme fue avanzando el conocimiento de la superficie terrestre, aumentó el número de klimatas en las representaciones cartográficas. Este es el origen de la palabra clima y de la ciencia que se ha desarrollado para su comprensión.
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