El derrumbe del Palacio Presidencial fue una metáfora visual del desplome del orden. Caído éste, queda lo que hay debajo, que es siempre el salvajismo, y está bastante a flor de piel. El salvajismo, en el fondo, es un modo claro de nombrar la condición humana, y, al revés, «condición humana» es un eufemismo del salvajismo que hay en nosotros. Así, solemos decir «es la condición humana», cuando alguien de quien nunca lo hubiéramos pensado ha hecho algo nefando. Las imágenes de Haití deberían ser vistas como un documental sobre la condición humana, o, si se prefiere, como una endoscopia de los demonios que viven en cada uno de nosotros y esperan sin prisa su momento. Lo que sostiene la idea de «humanidad», y sus códigos de conducta, es el horror a la condición humana, al salvajismo que llevamos dentro. Haití es una actualización de ese horror, y de la necesidad de reforzar los códigos.