Aparte de trabajar de firme, estudiar y aprender, ahorrar con tesón e invertir con conocimiento, no se me ocurre ninguna salida a esta última crisis económica. Que los conservadores no tienen la fórmula de la que presumen tan a menudo —Cristóbal Montoro, que fue del equipo de Aznar, pone cara de haberla encontrado debajo de una amanita, tal vez en el bosque—, que Angela Merkel y todas sus divisiones industriales blindadas no hayan podido impedir que el PIB de Alemania caiga un cinco por ciento demuestra, digo, la magnitud del desaguisado y la profundidad del desarreglo. No piensen en lo que nos puede ocurrir a nosotros, no es bueno para la terapia.
Podemos recrearnos, en cambio, como mero ejercicio intelectual sine ira, en discernir cómo pudo pasar esto. Pues creo que el error más grave fue que los contables tomaron el lugar de los poetas lo que sin duda es un contradiós. La economía se volvió puro anhelo y en consecuencia los contables convertían una deuda que no se podía cobrar, en un activo financiero, es decir se ocupaban de ensueños, delirios y fantasmas, sustancia literaria: en los cenáculos surrealistas había gente mucho más seria. Y así fue que vimos al Deutsche Bank –por el nombre parece alemán– entregarse, también, a la ceguera general para proclamar que «en España, la fiesta (del crecimiento) durará hasta 2020».
Aquí, aparecían economistas en Radio Nacional diciendo que «aún había margen de endeudamiento»: sí, el margen que les ha quedado a los chalés de Xàbia colgados del acantilado. Incluso un país que no tiene más remedio que ser escandinavo como Islandia tiene un presidente que tras estimular las osadías financieras, ahora propone no pagar los destrozos (y la ciudadanía, claro, le apoya). O sea que todo eso de la gente del Norte, culta, civilizada, limpia y feliz, que decía Espriu, era un mito. O es que Europa entera, se ha españolizado, como pedía Unamuno, en vez de germanizarnos nosotros, aunque sólo fuera un poquito. Don Miguel, puede usted descansar tranquilo: objetivo cumplido.
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