Tenemos bastante agua, y llegará más. Los pantanos, sin estar reventones, tienen el cuenco lleno –o medio lleno, en una típica afirmación optimista–, y estos recursos son como reales de plata, como hostias redondas en las bocas de los barbos. Aunque en otro orden de cosas menos celebrativo y lírico, la política no renunciará a meter la coz en el agua madre del mismo modo que el auxilio de las poblaciones arrasadas en Haití no parece la prioridad de las grandes potencias, sino darse codazos a ver quién aparece en la foto más misericordiosa del año.
Así pues, podemos dedicarle una sonrisa al presidente de Castilla-La Nueva, señor Barreda, cuando dice que ellos tampoco quieren ser menos, emulación inversa –Ferlosio dixit- que nació con el mismo Estado de las Autonomías y que presupone cierta dedicación a inspeccionar qué hacen los otros cuando coincidimos con ellos en los urinarios. No hay que compararse, ni hablarle a la colita, sino jugar con ella. Nuestros problemas vienen de no hacerle caso a tan sabios consejos de Billy Wilder. Está bien que, desprendida toda la caspa demagógica –y la habrá por toneladas–, Alarte y Nuestro Amado Zombi coincidan en un frente común ante Madrid, poder central que, para variar, tampoco hace los deberes: de él son todas las atribuciones sobre los ríos que pasan por más de una comunidad, los estatutos particulares no rigen sobre anacondas de ese tamaño.
La costumbre de politizar el agua –la actividad especulativa empezó por el pan, como sabía cualquier romano-, incluso cuando la hay como ahora, ha traído estampas tan pintorescas como el alicantino J. J. Ripoll, en cuya demarcación falta agua en algunos sitios y para ciertas cosas, en actitud mucho más negociadora que el Consell y al Gobierno central autorizando en La Mancha la sobreexplotación de sus acuíferos hasta casi el 2030. El problema de extraer demasiada agua subterránea es que el hueco resultante se llena con el agua más próxima, por ejemplo, la del Júcar. ¿Qué nos llegará aquí? Bonita pregunta.