Es de Alicante, se llama Fabiola, tiene 22 años. ¿Le motiva algo? Lo dice ella misma. Sus fiestas y sus colocones, y no entiende que si en casa saben que no le gusta que le digan que tiene que ayudar, se lo digan, y que por eso la arma. Parda. La arma parda. Juan Pablo tiene 18 años, es de Sevilla. ¿Lo más importante para él? Él. Se la sudan los estudios, no quiere trabajar, encerró a su madre en un cuarto, la amenazó con un cenicero, reventó una botella contra una mesa de cristal, sus cojones son lo primero. Javier tiene 18 años, es de Málaga. Dejó de estudiar a los 14, vive de lo que les pilla a sus hermanos, de lo que le roba a su madre, viuda, que se mata a trabajar para sacar adelante la casa, le encanta, y es lo que hace, echar el día con los amigos, en la calle. Pero el chaval lo tiene claro. Sueña con tener una casa grande y muchas motos. Qué cabeza.
Esta patulea forma parte, junto a otros cinco de similares características, de Generación Ni-Ni, nombre de programa —La Sexta, miércoles—, y nombre genérico para referirse a ese barbecho generacional de jóvenes que ni están preocupados ni ocupados ni motivados ni tienen valores. Miento. Algo les motiva. Los porritos, la play, la discoteca, dormir, salir, la play, los porritos, la juerga, dormir, la tele, dormir, los porritos… Ocho ejemplares se han encerrado en una casa con Silvia Sanz y Alberto Buaque, sicólogos. Los padres, en otras dependencias, siguen la evolución de sus ricuras. La función recuerda a GH, pero nada tiene que ver con la apestosa zahúrda de Telecinco. Ni siquiera existe algo tan estrambótico como Mercedes Milá. Véanlo. Yo lo vi con desasosiego, perplejidad, y un egoísta sentimiento de alivio por no ser papá de alguien así ni ser, a estas alturas, Ni-Ni.