Las fiestas de 2010 son las primeras en las que el colectivo fallero va a sufrir de lleno el impacto de la crisis. Los monumentos valen menos dinero (1,2 millones, el doce por ciento menos que en 2009) y todos los sectores implicados (floristería, pirotecnia, indumentaria...) han notado la corriente de austeridad. La intención de la Federación de Sección Especial de reducir a 100.000 euros el coste de sus monumentos en 2011 es el último y más drástico episodio.
Las fallas y todo su entramado social debían intuir que las apreturas iban a materializarse, aunque posiblemente de una forma menos traumática de lo que se anuncia para el año próximo, si esta amenaza se convierte en realidad, con el problema añadido que supondrá para la profesión de artista fallero.
A grandes problemas se imponen grandes soluciones. Y como cualquier otro sector productivo, la fiesta debe adaptarse. Parece claro que la Administración —sobre todo la municipal— no puede salir al rescate, cuando lleva años y legislaturas socorriéndola (moratorias para el tro de bac, subvenciones de monumento e iluminación, créditos para adquirir casales...). Posiblemente, sea el momento de los falleros. Quizás se imponga un aumento en las cuotas (quien quiera fiesta, que la pague), una fusión entre comisiones vecinas (aumentar ingresos, repartir gastos) o, simplemente, tener paciencia, aguantar el tirón y confiar en una recuperación que, tarde o temprano, llegará.