Yo no conozco de nada a Karmele Marchante, así que el hecho de que se haya quedado fuera de Eurovisión no me parece ni mal ni bien, aparte que para mí Eurovisión es una horterada como la copa de un pino, por muy entrañable que me resulte el chiquichiqui cuando lo bailo con mi hija. Si Karmele ha usado o no canciones que ya existían es algo que me la trae floja. Lo que me da pena es que Karmele, que ha pasado la mayor parte de su vida trabajando como periodista «seria» (observen que he escrito seria entre comillas), vaya a pasar a la historia como una hazmerreír. Y eso que yo a Karmele no la conozco, insito, pero conozco a gente que la conoce y que me merece todo el respeto del mundo.
Por ejemplo, mi amigo Curro Cañete, que es periodista y escritor, es amigo suyo porque, entre ridículo y ridículo, Karmele preside una asociación que se llama «El Club de las 25», en el que mujeres de distintas profesiones de las llamadas liberales, organizan charlas y coloquios en torno a la defensa de la mujer en todo el mundo y entregan premios a personas que luchan por defender los derechos de otras mujeres. Hace poco, le reenvié a Curro uno de esos correos en los que se pide ayuda para Haití. Él me contestó con otro en el que me hablaba de las catástrofes olvidadas, y en el que me hablaba no de Karmele, sino del Club de las 25. En concreto, de Caddy Adzuba, que esta semana recogió el premio que le dio el Club en octubre. Caddy Adzuba, me cuenta Curro, es una periodista congoleña que aún no tiene treinta años y que lleva desde los diecinueve amenazada de muerte por contar la realidad de las mujeres de su país. «No pedimos mucho. Todo lo que pedimos es que no nos violen ni nos maten», me explica Curro que explicó Caddy.
«Cuando comenzó la guerra en el 96 y llegaron los rebeldes el cuerpo de las mujeres se convirtió en campo de batalla. Más de 300.000 mujeres son víctimas de violencia sexual. La más joven, con tres meses y la más vieja con 82 años. Pero los violadores utilizan otros medios. Cogen un cuchillo y lo introducen en el órgano sexual de la mujer. Cortan el clítoris y otras veces cortan desde el ano hasta la vagina. Son casos bastante habituales. Pero pondré un ejemplo concreto. Justo antes de venir a España visité a una mujer. Ella vivía con su marido y sus cinco hijos. Un día, después de la cena, entraron los rebeldes en su casa. Eran siete. Violaron a la mujer delante de sus cinco hijos y su marido. Obligaron al hijo mayor a violar a su madre. Como el marido opuso resistencia, empezaron a cortarle la oreja, la lengua, la nariz… delante de sus hijos. Luego se fueron a la selva y se llevaron a la mujer y a los hijos. Allí les sirvió como esclava sexual durante una semana. Cuando la mujer preguntó dónde estaban sus hijos, le explicaron que se los había comido y que eran la carne que le habían dado durante esos días. Ella les pidió que la mataran. Los rebeldes le dijeron que no tenía derecho a morir y que tendría que vivir siempre con esa culpa. A la mujer la encontramos por la carretera. Llevaba una bolsa de plástico cerrada que olía muy mal. Yo le pregunté que qué había dentro y ella respondió: Son mis hijos. Abrí la bolsa y me desmayé cuando vi dos cabezas descompuestas. Le pregunté a la mujer si podía enterrarlas. Ella no quería. Finalmente cogimos tres cabezas pero ella aún continúa con una cabeza y no se la pudimos quitar. Hoy sigue en el hospital y duerme con la cabeza descompuesta. En mi país están destruyendo a las mujeres, y sus maridos también están traumatizados. Nadie habla de ello. Es una catástrofe humanitaria y los medios de comunicación no lo difunden. Pensé que tenía que hacer algo por las mujeres de mi país y elegí el oficio de periodista».
Eso es lo me cuenta mi amigo de lo que contó Caddy. Y yo se lo cuento a ustedes para que lo sepan, y para que después de deshacer el nudo que se les habrá formado en el estómago piensen, por un momento, en Karmele. En que (casi) nada es lo que parece. Y en que vivimos de espaldas a la realidad que no nos gusta y luego lavamos nuestras conciencias enviando un donativo cuando hay un terremoto, o un huracán. Que está bien, ojo. Lo malo es cuando creemos que con eso es suficiente. Nadie se acuerda de Caddy, ni de la mujer con las cabezas de sus hijos metidas en una bolsa. Y eso es peor que trabajar en un mal programa de televisión, aunque no lo parezca.