Un oasis llamado diputación

Cruz Sierra

 05:30  

Ahora que los cronistas glosan el evidente vacío de poder que estalló en el Consell hace ya tiempo, es la ocasión de enfocar la atención sobre otros protagonistas de la acción política desatendidos hasta el presente. Por ejemplo, hacia la jefa de la oposición municipal del Ayuntamiento de Valencia. Al final, se esté o no de acuerdo con sus propuestas y en contra de lo por muchos imaginado, Carmen Alborch se ha mostrado como una dirigente trabajadora y fiel a su compromiso de quedarse a dar el callo después de perder las pasadas elecciones municipales. Da gusto e incluso un poco de ternura verla saltar por las zanjas y aceras minadas de los barrios –«la visita del doctor», critican sus críticos- rodeada de asesores incrédulos intentando llegar donde ni el marketing ni las portadas alcanzan. Consigue sacar de sus casillas a la alcaldesa Barberá e incluso a la mano derecha de ésta, ese dinosaurio surgido del bunker de cartón piedra y naftalina en el que se han instalado algunos de su especie a la sombra de la mayoría absoluta y el dinero del contribuyente. Todo lo cual seguramente no le sirva estrictamente a la Alborch para ganarse la candidatura a la alcaldía en las próximas elecciones -los «jóvenes turcos» que controlan ahora el partido en la ciudad tienen hambre de poder, aunque hasta la fecha aun no hayan demostrado nada (ni tan siquiera enseñado la patita)-, pero al menos sí para ganarse el respeto de los ciudadanos. Les falta a ella y a su equipo ser capaces de presentar ante los ciudadanos una ciudad ideal alternativa a la actual, un proyecto global metropolitano que ofrezca nuevos aires a una Valencia que se ha quedado anclada en sus contradicciones del siglo XX.
Nada que ver, sino más bien al contrario, con la actuación de su antecesor, Rafael Rubio, en ese oasis de paz, concordia y buenos alimentos en que se ha transformado la Diputación de Valencia que dirige con guante de seda, por lo visto, el alcalde de Xátiva, Alfonso Rus. Ni un altercado, ni un cruce de palabras altisonantes, ni una crítica aunque fuera ácida… en fin, ni una denuncia por mala gestión, gestión deficiente, derroche o malversación de caudales públicos, si es que los hubiere. Una de tres, que la oposición –nunca se sabe- haya dimitido de sus obligaciones políticas de control hacia el poder (la vida es corta y hay que vivirla); la segunda, que Rus y su gente lo estén haciendo tan rematadamente bien que los socialistas no encuentren nada que objetar (dudoso y además ni siquiera Dios pudo evitar que le salieran angelitos inconformistas con la perfección); y tercera, la más probable, que gobierno y oposición hayan decidido lavar los trapos sucios dentro de la casa ofreciendo hacia el exterior la imagen idílica de una institución provincial saneada donde reinan el pacto y la armonía. Una actitud muy pragmática, seguramente, pero con peligro inminente de compadreo. Nada que ver desde luego, con las instituciones hermanas. En la Diputación de Castelló domina tiránicamente el cacique de la tribu y en la de Alicante, el «mister» y la oposición se han hermanado en su guerra conjunta contra el «imperialismo centralista» de Valencia encarnado en el campsismo («contra Camps vivimos mejor», podrían decir los diputados alicantinos emulando aquella ingenua etapa de la transición situada bajo el epígrafe del «desencanto» y cuyo lema era igual pero citando a Franco). ¿Recuerdan algún conflicto consistente entre populares y socialistas en la Diputación de Valencia? Pasó algo con el césped artificial que Rus quería contratar para todos los campos de futbol municipales de la provincia, pero pelillos a la mar, todo acabó en acuerdo. Hubo igualmente algunos roces a cuenta del asunto aquel del sobrecoste del puente entre Mislata y Paterna, de más del 300 por ciento (ríanse de los de Cacsa o los de la Nueva Fe…), pero pasó enseguida.
¿A qué se debe entonces esta ausencia de la Diputación de los nudos de la actualidad? Rubio encuentra en la propia naturaleza de la institución el motivo de su aparente sosiego. Al fin y al cabo, ninguno de sus dirigentes es elegido directamente para el puesto ya que todos son nombrados por los ayuntamientos, de donde procede su representación. Por tanto, los ciudadanos no acuden a la diputación a plantear reivindicaciones o a exigir cambios, lo cual evita sobreactuaciones políticas a la caza de votos. En cambio, la «clientela» municipal sólo reclama fondos de las generalmente bien nutridas arcas de la institución. «Yo prefiero pactar con Rus ventajas concretas para los ayuntamientos a los que represento (los socialistas), en lugar de buscar el cuerpo a cuerpo y la gresca». Y Rus, un déspota listo donde los haya, prefiere dotarse de un cierto aura de «hombre de Estado» en la gestión de la «dipu» que le distinga de la empanada mental que ahoga a sus compañeros de partido. La Diputación de Valencia es de los pocos organismos públicos que ha reducido por causa de la crisis su presupuesto (de 510 millones de euros en 2009 a 431 este año), reduciendo en la misma o mayor proporción la inversión. Su deuda, que ha crecido desde que el de Xátiva se encuentra a los mandos (de 307 a 349 millones), se encuentra no obstante bajo control. Gracias a los pagos que religiosamente realiza cada mes el Gobierno (¿o deberíamos escribir Zapatero, como repite el PP de forma compulsiva cada vez que se le antoja levantar una barricada?), el presupuesto provincial dispone de ¡dos millones de euros adicionales! al año en intereses generados por sus remanentes en los bancos .Un auténtico paraíso (¡yo también quiero vivir en la «dipu»!).

Bioparc, amigos para siempre
No podía haber evolucionado de peor forma el Bioparc, uno de los iconos municipales de Rita Barberá cuyo deficiente planeamiento y posterior desarrollo ha despertado la sospecha de que cosas así sólo se pueden hacer por los amigos. El último episodio de la empresa que lo gestiona en régimen de concesión, Rain Forest Valencia, ha sido la obtención de un préstamo de 45 millones de euros (27 de «San Bancaja» y el resto de Caixa Cataluña y el BBVA), con aval del propio Ayuntamiento de Valencia aprobado en la última junta municipal de diciembre pasado. Así cualquiera se mete a empresario. Incumplieron plazos y pliegos, no han pagado ni un solo mes –según fuentes de la oposición- el canon estipulado del 1% sobre sus ingresos, tuvieron que hipotecar la concesión y finalmente, no resueltos sus problemas con todo ello, los «hábiles» gestores del Bioparc han tenido que solicitar un crédito y pedir al ayuntamiento que se lo avale con la única garantía de las propias acciones de la empresa. ¡Vaya negocio! Cualquier día de estos, cuando la ruina se asiente definitivamente en el Bioparc, éste acabará «municipalizado» por Barberá permitiendo a sus gestores salir por la puerta de atrás y con la espalda forrada. Tanto dispendio no es normal. ¿Qué y quién hay detrás de toda esta agonía?

Periodista. cruzs@arrakis.es

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