El día 20 se cumplió el primer año de Barack Obama como presidente de EE UU. Y no fue una fecha feliz: las encuestas lo sitúan con una aprobación del 50% (sólo superior a la que registraba Reagan) y, el día anterior, tragó con la pérdida de la supermayoría Demócrata en el Senado, tras perder un escaño por Massachussetts, en manos de los Kennedy desde 1954. Y, a partir de ahora, ¿qué?
Pues más realismo (es decir, lo que ya aplica en política exterior: un año después de Bush, hay tropas en Iraq, Afganistán y no se ha cerrado Guantánamo). Y es que, pese a las trompetas que anunciaban una era progresista en EE UU, no debe olvidarse un dato básico, según «The Wall Street Journal»: EE UU es de centro-derecha (un 37% de los electores se declara moderado; un 35%, conservador y, un 24%, progresista). Esto implica que, ante medidas estrella (como la reforma sanitaria, rechazada por el electorado), Obama erraría si oyera al ala Demócrata más izquierdista, que le reclama agresividad frente a los Republicanos.
En todo caso, la confusión presidencial es palpable. Así se desprende de su «si estos tipos quieren pelea, la tendrán», pronunciado tras anunciar medidas restrictivas contra la banca de Wall Street. Una retórica populista, que por estos lares le daría votos… pero un juego peligroso en el país que, pese a todo, aún considera al capitalismo como base de la prosperidad de la nación.
Obama tiene tiempo para enderezar el rumbo (faltan tres años para las presidenciales y, pese a las victorias parciales de los Republicanos, están divididos y sin un programa claro). Pero, a diferencia de aquí, no puede vivir cuatro años culpando al partido rival de la herencia que le ha dejado. Para los norteamericanos, la responsabilidad de lo que pase, de ahora en adelante, es sólo suya.