Comprendo perfectamente el temor de Mariano Rajoy –el hombre que muchos imaginan en La Moncloa– a que registren a los emigrantes sin papeles en el padrón. Don Mariano es registrador de la Propiedad, nada menos, y tiene puestas en el papel antiguo y con caligrafía redondilla, todas sus complacencias. La democracia moderna nació censitaria, cosa de propietarios y nadie más, y luego y con los riesgos previamente desactivados, hubo que extender el voto a la purria: descamisados, gentes de oficio, cantantes de mambos y hasta mujeres, ya ven.
Así que comprendo a don Mariano que, no obstante y como buen cristiano, no se olvida de reclamar para los negritos de patera, polacos venidos del frío y cholitos escapados a toda prisa de los Andes –tan de prisa que no tuvieron tiempo de pedir y obtener una papela–, no se olvida, digo, de pedir para ellos atención sanitaria y escuela y «todos los derechos básicos», pero apuntarles en los sagrados legajos de la pertenencia comunitaria (ya que propiedades, de momento, no tienen como no sea el carrito del helao), eso no.
Si, ya sé, no podemos abrir las puertas de par en par y que pase todo el mundo, porque aparte de que hay corrientes, en la base de los servicios -éste, aquel y el otro-, está el dinero con el que poder pagarlos, pero un país que apenas tiene cinco extranjeros por cada cien habitantes, la mayoría empleados en trabajos de la hostelería, el cuidado de los ancianos y cosas parecidas, de las que la generación Nini no quiere oír hablar (ya que creen merecer por gracia de nacimiento el sueldo de un electricista en Dubai), ese país, digo, puede reconocer que esas personas que sólo poseen la nota de padrón, están ahí, su sangre no es verde ni desprende efluvios venenosos al derramarse. Total que a don Mariano Rajoy le ha salido su lado antañón, como de señorito gallego, y al decirle el servicio que había afuera un pobre que llamaba a la puerta, ha comparecido de batín de seda y zapatillas a cuadros y ha dejado dicho: «Dele un euro y despídalo».