La popularidad y los resultados electorales son, en ocasiones, incompatibles. Acojámonos al caso de la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega. Ha de ser una de las personas más conocidas de España. Está a toda hora en la televisión y en los periódicos, expandió su notoriedad en alguna revista de moda y seguramente los papeles de colorines semanales que brindan su espacio a cotilleos, romances y trapos diversos ya la habrán incluido en su ligera agenda. Más popular, imposible. Para los españoles y en hora del telediario, una más de la familia. No obstante, su cosecha de votos, como cabeza de lista en las generales de 2008, menguó. Fernández de la Vega cogió las riendas de las cocinas socialistas de aquí con mano férrea, recorrió haciendas y pueblos, se envolvió con el áura valenciana, se empadronó, prometió proyectos y planes, deslizó complicidades y abasteció al politiqueo cochambroso con alguna maquinación. Cosas del ritual. Llegado el momento decisivo, el eclipse fue total. Dos puntos y pico menos que Carmen Alborch, que siguió su misma ruta cuatro años antes y cuya abrumadora presencia pública sin mando en plaza ha de correr paralela a la de la plenipotenciaria vicepresidenta.
Entre las promesas electorales del año electoral, una restallaba fulgurante. La de desembarcar en esta circunscripción con periodicidad regular a fin de auscultar el pálpito de los votantes. Cuando la propuso ya era impugnable. ¿Cómo ha de regresar sobre sus pasos una vicepresidenta del Gobierno cuya agitación la lleva a brincar de los secuestros de Somalia a los coletazos de la crisis, de la inmovilización del terrorismo islámico internacional al placaje de Rajoy, empeñado en ascender en las encuestas? Montada en el tiovivo nacional e internacional, la distancia con el cuerpo electoral que la eligió se había de dilatar hasta hacerse invisible. Así ha sido y así es. A lo sumo dedica un día de su calendario volcánico a la «actividad» valenciana en Valencia: cada año acude al Palau del Temple el día de la Constitución, fecha señalada que aprovecha un Consell flamígero para protestar, a las puertas de la Delegación del Gobierno, por lo suyo. En realidad, ese día invernal concentra un espacio simbólico de inevitables lecturas. El Estado, con todo su epopeya ornamental, confirma la Carta Magna y su marco «incuestionable» entre los sillones regios y la rectitud del gótico palaciego. Afuera, en las aceras descompuestas y llenas de chicles, una especie de «frikies» identificados con los representantes de esta autonomía –por la que han luchado demócratas, valencianistas e izquierdistas– vocifera contra la última indiferencia, desidia o menosprecio de ZP mientras levantan el Estatut. Como en una paella, sirve cualquier carne para el guiso: un leve chiringuito, la exigua financiación, la aplastante inseguridad, el expolio del agua. La imagen que transmite hoy de De la Vega se condensa en esa escena que consagra al Estado. Enfrente, todo el imaginario construido por el PP. Desde esa orilla «popular», ya generalizada, las «prohibiciones» que emanan del entorno de la vicepresidenta y que cristalizan –tras el viaje de Madrid a Valencia– en la efigie de Ricardo Peralta, se observan como lacerantes ataques contra el legado atávico de la valencianía, en todo su arco iris. El postrero atentado tiene nombres y apellidos: el dichoso «parany» y los chiringuitos «mediterráneos». Sólo que esta vez, De la Vega o Peralta (o Peralta y De la Vega) yacen en la inmensidad del vacío, acompañados (tan sólo) de la razón. Alarte también les contradice. Gobernar en Valencia desde Madrid es como acompasar un holograma. A veces encaja. La mayoría, no.