Venga, me mojo. Me parece una catástrofe que Karmele Marchante no vaya a Oslo a representar a RTVE en el festival de Eurovisión. Pero no me pongo tan dramático como José Luis Uribarri, histórico defensor de ese mamarracho cantarín. Ni la vesania que me acosa va por los montes que trillan los gallos de Sálvame, encantados de haber ido a ese farallón de friquis y encantados de no haber ido porque, todos los sabemos, TeleStunami tiene petróleo que quemar durante un buen rato. Desde el minuto cero empezaron a arder las hogueras en la cadena, escenificaron el teatral hundimiento de Pop Star Queen, la maquinaria comercial rodó a tope, desbarataron el sumario de la edición del viernes, la de lujo, y compusieron en horas una edición circense que mojó la oreja a la antigualla de Jaime Cantizano y sus sesudos cirujanos de corazón cascado. Perfecto.
Llevar a Karmele a Oslo hubiera sido un triunfo. No llevarla, también. Cuando uno ve que Toñi Salazar, uno de los terrones de Azucar Moreno, se alegra de que Por Star se queda en tierra, uno entiende que ese no es el debate. ¿Pero es que hay debate? No, la cosa no va de antidemocrática ni de anticonstitucional. Sólo faltaba que Alfonso Guerra y otros papás de la Carta Magna salieran a ver qué coño pasa aquí. Es verdad que esta señora, la de zancas trabadas y horrible sentido del ritmo, su cuerpo por un sitio y su lo que sea por otro, había acumulado más de 100.000 votos. Y eso, por los clavos de ZP, merece un análisis. Kiko Hernández, uno de la cuadrilla trapisonda, creo que aseguró que con Aznar no hubiera pasado esto. ¿Ven? Los análisis, serios. A lo que voy. Que es preferible reír con el ridículo de Karmele que llorar con el de una tal Coral Segovia.