Aquellos que vengan estos días a Nueva York y que estén interesados en la arquitectura e ingeniería, en el diseño textil, en el del mueble y en general en las artes aplicadas, van a poder disfrutar, en el terreno museístico, de una conjunción astral al estilo la de la Presidencia Española de la UE. En efecto, en el conocido MOMA está teniendo lugar una completísima exposición sobre la Bauhaus y en otro museo, no tan conocido por el gran público, el de la Ciudad de Nueva York, en Harlem, sobre la quinta avenida, otras dos. La primera versa sobre el arquitecto norteamericano de origen finlandés Eeron Saarinen, y la segunda sobre el diseño americano de muebles de 1940 a 1955, en el que también está representada, entre otras, la obra de Saarinen.
Sobre la Bauhaus, los que lean esta reseña conocerán bien su trascendencia en la arquitectura y todo el diseño actual. Tan sólo quiero señalarles que aunque toda la escuela —desde sus inicios con Gropius en Weimar, como en la etapa más dura, en terminos conceptuales, de Dessau con Meyer, y en la última de Berlín, con Mies van der Rohe, que fue acosada y clausurada por los nazis— fuese, como efectivamente lo fue, un soplo de aire fresco a la estética reinante durante siglos, y aunque redefinió la relación entre artistas, diseñadores y arquitectos, contextualizándola en un mundo industrial para producir bienes, hasta ahora patrimonio de las elites y vetados a las masas, les diré brevemente, y esto es polémico, que las consecuencias de la corriente estética que inaugura la Bauhaus fueron a mi entender demoledoras en Europa. Aunque rechazada inicialmente, por elitista, por parte de los autoritarismos, pronto tanto el nazismo como los nuevos regímenes comunistas adoptaron su estética y condenaron a las masas a vivir en cuchitriles de buen diseño y mala calidad, en avenidas y calles impersonales y alienantes y a convivir con objetos que habían perdido toda su magia inicial pero que podían ser producidos de forma barata para el pueblo. De ahí a la destrucción del ornamento en arquitectura y la progresiva desaparición de las artes aplicadas solo quedaba un paso. Tras el cierre de la Bauhaus por Hitler, los estudiantes inician una diáspora por Palestina, Sudáfrica, América del Sur y EE UU.
En América, las consecuencias de las enseñanzas de la Bauhaus fueron mucho más alegres, englutidas en el optimismo de la cultura americana tras la segunda guerra mundial, que hacen de la época «el siglo americano», en palabras de Henry R. Luce. Es aquí donde entra en juego la figura clave de Eeron Saarinen. Saarinen perteneció a la segunda generación de modernistas en EE UU y mamó el espíritu multidisciplinario y rupturista de su padre —también famoso arquitecto—, de su madre —escultora y diseñadora textil— y de su hermana —arquitecta de interiores. Fue el arquitecto de moda, aunque murió en 1961 a los 51 años, de esa América que renacía poderosa y marcaba la pauta estética al mundo con su American way of life.
La América de los grandes aeropuertos y las líneas de aviación. La de las grandes corporaciones que necesitaban nuevos complejos que hablasen de su poder. La de las nuevas instalaciones deportivas y culturales, las de los grandes almacenes como Bloomingdale o Macys que permitieron a los neoyorquinos amueblar sus casas con lo más moderno. Etcétera. En todos estos campos destacó Saarinen. El Departamento de Estado necesitó dar una nueva imagen a sus embajadas y Sarinen lo hizo en Londres y Oslo y marcó el estilo del resto. Las grandes compañías le encargaron sus nuevas sedes corporativas en las afuera de las ciudades, al modo de los viejos campus universitarios. Así realizó el centro de investigación técnica de la General Motors en Warren, el edificio de IBM en Rochester o los edificios de la American Broadcasting Sistems y el de la revista Vogue en Nueva york.
En el siglo de la aviación comercial, Saarinen nos dejó el edificio terminal de la TWA en el aeropuerto Kennedy o la terminal internacional del aeropuerto de Chantilly, que ya nos evocan a un Santiago Calatrava con sus columnarios y voladizos, o a las cúpulas de Niemeyer. Su frenética actividad constructiva no le impidió realizar dibujo clásico, diseñar hierro mobiliario, telas, cumpliendo así la máxima de la escuela alemana según la cual «la arquitectura debe abrazar todo el medio, desde el paisaje a los edificios, los muebles y los objetos de decoración». ¿A quien os suena esto, arquitectos? Con la generación de Saarinen desapareció, no ya el ornamento, que ya había muerto antes, sino la artesanía arquitectónica del encofrado a medida, el vidrio adaptado o el acero de encargo con formas caprichosas.
Basta pasear por Manhattan para distinguir, no sin cierto desprecio, la arquitectura posterior a los 60. Hoy, al menos en los EE UU, todo es estandard y prefabricado y si pides otra cosa o no saben hacerlo o los precios se disparan. Gracias a Dios, en Europa todavía sabemos hacer el hormigón, blanco o gris, con formas caprichosas, y nuestras fundiciones todavía ejercitan la viejas maestrías que les permiten atender los pedidos más locos. Esta situación del mercado americano de la construcción es un aviso para nuestras escuelas y nuestros industriales, también para los poderes públicos. Pero de eso hablaremos otro día.
Cónsul general de España en Nueva York