En tiempos de crisis, las amenazas son mucho más eficaces para influir en el electorado. El paro, la incertidumbre sobre el futuro y el desgaste del Gobierno han constituido una mezcla que facilita agitar fantasmas electorales. El PP ha desenterrado su práctica catastrofista. La presidenta del PP catalán, Alicia Sánchez Camacho, ha enarbolado la bandera de presentar la inmigración como una amenaza: «No cabemos todos», ha sentenciado con cara de angustia. Agitar la cadena perpetua, sin comprometerse con esa alternativa, en el aniversario de uno de los asesinatos más crueles de los últimos tiempos es un oportunismo eficaz.
No hay datos objetivos sobre un incremento de la inmigración ilegal o de la violencia en nuestras calles, pero el ruido puede sobreponerse a la realidad cuando los ciudadanos están proclives a tener miedo a cualquier cosa que se pueda presentar como una amenaza cierta. Pero el miedo, también, es uno de los más poderosos enemigos de la libertad porque impide reaccionar con autonomía y enturbia todos los análisis.
Faltan dos años para las elecciones generales, pero antes tenemos municipales y autonómicas. Dos años con una tensión electoral basada en la explotación del miedo es una prueba muy fuerte para una sociedad que tiene que buscar sus espacios en muchos parámetros. Ojalá que haya un poco de responsabilidad en el debate político.