Se dice que la cuesta de enero, hosco tramo del calendario en el que todo parece más difícil, es una resaca de los muchos gastos y excesos de la Navidad, pero esta caída de tensión responde, como todo, al ciclo de los astros y la naturaleza. En otoño, con la reducción de la luz, la vida se va apagando, y aunque a fines de diciembre la luz vuelve a crecer lentamente, la inercia de la caída es más fuerte que el impulso que nace, y se forma ahí un empate, una zona pantanosa, un tiempo muerto, que dura hasta que el carnaval celebra los nuevos brotes verdes del cuerpo. La cuesta de enero debe ser vivida como lo que es, sin forzar las cosas, pues el que bracea en un pantano se hunde más. Es tiempo para trabajar de forma mecánica y rutinaria, dejando hibernar el entusiasmo vital hasta que suene el despertador en el reloj de la naturaleza: cuando en febrero empiezan a maullar los gatos.