La Copa del América, que arrambla con todo, también ha subsumido a la paella solidaria. Para que dos veleros de carreras surquen el mar, se les concede a las empresas colaboradoras exenciones fiscales, se nutre de dinero a las muy variadas modalidades de la paracompetición –invitados «vips» o televisiones– y se cuidan primorosamente las estancias de regatistas y barcos. Perdón, descuidaba la excelencia. Se trata de un «evento». Un gran «evento», para más señas, que instala colosales fortunas y desarrolla poderosas economías externas, que logra exorcizar cualquier atisbo de reprobación bajo la amenaza del fuego eterno. Mientras tanto, en Haití no comen. Ni hay luz ni agua. Para remediar la escasez de la tragedia, desde alguna variante de la industria del arroz se ha inventado una gigantesca paella solidaria, a cinco euros la ración. Después hay que entregar la recaudación en Puerto Príncipe a través de intermediarios. No cabe duda. Los valencianos somos creativos. Y festivos. Nada mejor, para esta causa, que organizar una paella, metáfora viviente de la patria, elemento de prestigio en el universo. Y cuanto más grande, mejor. Aquella legendaria paella cósmica de Lizondo, que guisó en el Turia, permanece todavía en la retina valenciana como un icono, del mismo modo que descansa en la memoria de los mortales sensibles la primera contemplación de Las Meninas. ¿Y si batimos a aquel lance ciclópeo amparado por las siglas de UV? Pensat i fet. Esta vez, no obstante, el espacio político ha sustituido por el espacio solidario. Una diferencia notable. ¿Y si alguien, o muchos, observan la operación de la paella solidaria como una carnavalada o una chacota antagónica con la calamidad? ¿Como un acto incompatible con la desgracia? ¿Y si el mercantilismo informativo responde al acontecimiento fraternal y altruista otorgándole referencias sarcásticas, distintas a las que brotan de la intención inicial? Por ejemplo, retratando una sátira, un absurdo incongruente y estrafalario. Miles de valencianos comiendo en un destino común cuando en el destino de verdad se mueren de hambre. No sé.
Ahí nos habíamos quedado cuando han entrado en la función las fuerzas vivas valencianas. Mejor será, argumentan, trasladar la paella solidaria del río Turia al puerto de Valencia y hacerla coincidir con la inauguración de la Copa del América. Así tenemos el programa de actos completo. Fiesta, recepción, copas, barcos en el mar y paella solidaria con Haití. Pensat i fet, de nuevo. A los valencianos nos gusta improvisar. Que reparen en las consecuencias los catalanes. ¿Pierde el acto de adhesión con Haití su carácter popular, se desvanece la identidad propia concebida por la Cofradía del Arroz? Sí. Su ingreso en la Copa del América le roba el telón de la munificencia y le incorpora un tapiz político de muy difícil calificación. Podríamos hablar de instrumentalización y hasta los más fieles a las fuerzas vivas aceptarían el reproche. Una paella de Lizondo pero en el siglo XXI y con Haití –pobre Haiti– como excusa. Por mucho que la propaganda oficial alegue una fervorosa coexistencia, la alteración de los factores pervierte la idea inaugural. Al alistarse la paella en la Copa del América, la capitulación es definitiva. Su condición original queda relegada y la paella se configura como una pieza decorativa más. Los promotores han de recuperar la independencia. Si el lance –o el trance– ya supone una extravagancia de dificultoso acomodo en las conciencias estético/solidarias, la claudicación ante las autoridades, que se han llevado la paella a su terreno, resulta un cachondeo. Y a nadie se le puede ocurrir elaborar un cachondeo con Haití al fondo.