La feria de turismo Fitur representa la máxima elongación política de esta Comunidad (que necesita adjetivarse para tener nombre), su presencia más resplandeciente, digo, en los reinos de España, pero como Nuestro Amado Líder apareció por allí embozado y escapista, como suele últimamente, fuimos como una luciérnaga sostenida en el cuenco de la mano de un niño. Ahora luce, ahora no, pero en mucho menos bonito. Mientras tanto ¿qué ocurría en España? Pues que a los conservadores españoles –me refiero al PP– les crecían los hidrólogos y esta vez no eran todos trasvasistas, que la Cospedal quiere abolir el único existente, el Tajo-Segura, y sus compañeros de Murcia y Valencia le enseñan los colmillos, pequeña justicia poética por los desmanes de un partido que consideraba los trasvases tan buenos y recomendables de modo general como el zumo de naranja.
Al PP le gusta presentar a los socialistas como un gallinero revuelto frente a su formación, el colmo de la disciplina sometida a una sola voz. La marcialidad para los desfiles de la Legión: el PP de Yebra vota el cementerio nuclear y la Cospedal y la dirección de Guadalajara lo desautoriza, pero Javier Arenas, no. En algunos seminarios trotskistas había menos tendencias, doy fe. Antes teníamos un solo partido nacional –el PSOE– y ahora tenemos dos. Lo normal cuando se hace política ¿Cómo va a decir lo mismo un partido que va de los picos de Urbión al desierto de Almería y de la Estaca de Bares a la venteada Menorca?
Al PP le gusta reclamar una historia de España común que nos explique que nacimos en Covadonga, incluso en un lugar más húmedo si fuera menester, para evitar los excesos nacionalistas de los otros, pero cuando le tocan el interés es más tribal que Ibarretxe. Mientras, Rajoy ha aprendido de Zapatero, que ganó unas elecciones con las buenas maneras como programa político. Como Rajoy ya la tiene -la buena educación, digo-, confía en no pillarse los dedos con la política y dice no tener «opinión fundada» sobre los residuos nucleares. Repose, don Mariano.