Uno, en momentos delicados, se queda en calzoncillos en mitad del salón enseñando paquete aunque sin hacer posturitas ante la familia como Cristiano Ronaldo ante el mundo ceñido con gallumbos de Giorgio Armani. Es el Culebras, y tiene la habilidad de hacerse invisible. Otra, en cuanto sube el mal rollo y se pone nerviosa, enciende las luces que pilla en su radio de acción. El niño chico de esta familia tampoco anda corto de poderes porque mueve las cosas de lugar en cuanto aprieta los ojos y se concentra. Es el telequinésico. La niña pequeña es la más inquietante. Lee el pensamiento ajeno. Los padres, él, Antonio Garrido, ella, Angie Cepeda, no tienen poderes. Todos forman la familia Castillo, unida por conveniencia en un barrio donde nadie puede saber que no son lo que representan, aunque la casera, Gracia Olayo, es una bruja que está en ello. Esta es la situación de partida de Los protegidos, que emite los martes Antena 3. Y sí, es una serie más que digna. Tengo que hacer un esfuerzo casi tan sobrehumano como el nene que mueve objetos para dar con una serie que me haya gustado en esa cadena. Tan sólo los primeros capítulos de El internado me pegaron a la pantalla, antes de que a los guionistas, condicionados por el éxito, se les fuera la olla. En Los protegidos, hasta el siempre exagerado Antonio Garrido tiene su puntito. Y los niños. Auténtica revelación. Saben hablar. Y lo mejor, no son repelentes. Y más. Hay efectos especiales. Les aseguro que son creíbles. Y aún más. Enseguida te pones en el lugar de estos friquis perseguidos por los malos de los que huye la falsa familia. Los perseguidos, junto a aciertos como Adolfo Suárez, el presidente —magnífico Ginés García Millán—, iluminan la cadena gris.