Para los que esperamos un futuro de energías limpias, para los que creemos en el ahorro energético como compromiso, el esperpento que se ha generado en torno a la ubicación del basurero nuclear español nos resulta eso, un esperpento. La primera pregunta es dónde está el Gobierno, y dónde más, el ministro de turno, el señor Sebastián, ese que le enseñó economía al presidente, ese que fue candidato a la alcaldía de Madrid y no quiso ser ni concejal. El BOE tiene poder y tiene peligro. Y, parece ser, que el Gobierno de España sólo ha tirado del boletín para poner en la mesa algo tan goloso y peligroso como dónde se coloca esa cosa que se llama algo así como almacén temporal de residuos nucleares. Vaya: que se peleen los ayuntamientos por los millones de euros que le van a caer, año tras año, por almacenar la porquería. Que se peleen los partidos entre sí, contra sí e internamente. Y todos han entrado al trapo como miuras, hasta en Cataluña, donde algunos dicen que deben prohibirse los toros pero saben mucho de tauromaquia.
Cuentan los que saben que estaba todo preparado: explicaciones paulatinas, folletos diseñados y editados, campañas para el debate y la concienciación. No se ha hecho nada, se ha tirado del BOE. Y después que escampe. Pero no escampará, porque hasta los ecologistas se han despistado en la polémica, porque cuando hay mierda hay que guardarla y evitar el pago de sesenta mil euros al día a los franceses, porque las centrales nucleares que tenemos son inevitables, hasta su cierre, y su porquería cerrarla con siete llaves, como el sepulcro de El Cid. Sin embargo, nadie tiene el llavero. ¿Tendrá que venir el beatífico comandante Zapatero, tragarse el marrón, mandar callar y decir, de nuevo, lo que hay que hacer? Tendrá: quizás le gusta.