Ferran Adrià ha dicho que va a cerrar El Bulli y la noticia ha sido portada en casi todos los periódicos. Natural. Que El Bulli no abra del 2012 al 2014 es un tema de importancia capital, lo que pasa es que la gente como yo no está en la onda y por eso el hecho de que un restaurante al que lo más probable es que no fuésemos a ir nunca cierre es algo que nos la trae floja.
Desde el respeto, ojo, que Ferran Adrià parece un buen tipo y se merece todo lo bueno que le pase en esta vida. Dice que está cansado de trabajar trece horas al día y nos pone el ejemplo de que Galliano tampoco querría estar en una factoría.
Yo, sinceramente, cuando leí estas declaraciones no sabía a ciencia cierta quien era Galliano, así que lo busqué en el Google, y al enterarme de que era un diseñador de alta costura, llegué a la misma conclusión que con lo de Ferran Adrià: que si dejara de diseñar o si se metiera en una fábrica me daría igual, porque con estos sueldos no tenía pensado comprarme nada de Chanel.
A mí lo que me inquietaría es que cerrase el bar de tapas de la esquina, que es al que voy cuando salgo y no sólo porque sea el que puedo pagar sino porque en ese y en otros similares es donde me siento cómoda. A veces, por cuestiones de trabajo, tengo que comer en sitios mejores y me da la sensación de estar fuera de lugar. Muchos de ustedes sabrán a lo que me refiero.
No se trata de saber cuál es el cuchillo de la carne, que es algo que está tirado. Es más bien la propia carne. Tiene que gustarte poco hecha. Lo contrario no es de buen tono. Si la pides más allá de al punto, que es que chorree algo de sangre cuando le clavas el cuchillo y el tenedor, es la prueba evidente de que no perteneces al mundo de los que no querrían que Galiano se vaya a la fábrica. Y eso, quieras que no, duele. Que El Bulli esté considerado como el mejor restaurante del mundo no se lo discute nadie, y que la gente que pueda se gaste en una comida lo que otros tardan en ganar un mes, tampoco.
Lo que digo es que a la inmensa mayoría este tema no nos quita el sueño porque para nosotros los michelines no son más que las lorzas que no conseguimos quitarnos de encima por más que lo intentemos y lo único alto de nuestras costuras es la ropa que no nos compramos en las rebajas.
La inmensa mayoría comemos de menú, procuramos ir al cine el día del espectador, presumimos cuando conseguimos algo más barato que los demás y no nos supone ningún trauma descubrir por la calle que otra persona lleva puesta la misma camisa que llevamos nosotros. De hecho, lo que nos mosquea (a la inmensa mayoría) son otras cosas. Por ejemplo, ya que hablamos de alta cocina, nos mosquea que un cocinero que no es Adrià pero que también cobra una pasta por un menú degustación haga un anuncio diciendo que compra en un supermercado de los más económicos, porque si la compra le sale tan barata ¿cómo es que luego la cobra tan cara? Y lo demás, la verdad, nos deja indiferentes. Desde el respeto, por supuesto.