La crisis económica, la responsabilidad de la presidencia europea, las decisiones judiciales que no acaban nunca de llegar, la eterna campaña electoral a la que está sometido el país y tantos otros temas preocupantes que nos vienen desde dentro y desde fuera son cuestiones que exigen un enorme rigor y una gran dosis de seriedad para recopilar todos los datos necesarios, elaborar propuestas razonables y no errar ni en los diagnósticos ni en las soluciones.
A diario se asoman a nuestras casas a través de la ventana de nuestro televisor políticos de gesto mohíno que, a veces con inteligencia, otras con una estúpida obstinación en recalcar lo obvio sin aportar ninguna argumentación que sirva para avanzar en la solución de los problemas, nos hacen sucumbir en el abatimiento y en un profundo tedio, que es, a mi entender, una de las razones por las que los jóvenes rehúyen la cosa pública y se apartan de la política.
Lamentablemente, es fácil, a tenor del comportamiento de nuestra clase política y nuestros mal llamados dirigentes y líderes, llegar a la conclusión de que seriedad es igual a aburrimiento. ¡Nada más lejos de la realidad!
Sólo un estúpido puede pretender que, para analizar correctamente la realidad, el aburrimiento debe ser una herramienta indispensable y por ello reivindico el sentido del humor como una práctica irrenunciable y animo a políticos, profesionales, profesores e incluso aspirantes a rector a que nos den ejemplo de seriedad pero sin aburrirnos.
Estoy seguro de que el método que propongo servirá para aumentar la participación ciudadana y atraerá a los jóvenes a las cuestiones públicas; porque en el fondo, envejecer no tiene tanto que ver con el paso del tiempo como con la pérdida de la alegría, y vivir, acumular vida y experiencia no sólo debe aportar seriedad, debe ser un antídoto contra el aburrimiento.