Zapatero se examina en Davos. El tribunal lo forman banqueros, financieros y empresarios, el comité central que da rostro al capitalismo. Los mismos que pueden hundir o salvar a un país. Zapatero acude a Davos a dar explicaciones y a justificarse: para que no huyan los capitales, para que inviertan en el suelo que preside. Dice que España no está tan mal. Lo dice porque existe una sospecha generalizada en los mercados occidentales sobre el vigoroso deterioro de las finanzas públicas, el declive de la economía española –la última en buscar cobijo tras el derrumbamiento universal – y la decadencia del tinglado financiero. Zapatero lo atribuye a una conjura europea, que galopa imparable al son de alguno de los jinetes del apocalipsis. Como si las fuerzas esotéricas, empujadas por un soplo anónimo y malintencionado, se hubieran puesto de acuerdo para aplastar a España. En esto, no le falta razón. En la actualidad, con la hegemonía comunicacional, también hay que combatir la rumorología constante. Alguien suelta un rumor, el murmullo se va extendiendo hasta cobrar vida por sí mismo, y se establece como «verdad». Si es un asunto del calado que infunde las sospecha de ZP, la cosa es dolorosa: los mercados se retraen. ¿Pero es cierta la confabulación o el «chisme» que vehiculan los empresarios, políticos y banqueros foráneos contiene elementos razonables, es decir, se apoya en la evidencia? ¿No se han deteriorado las finanzas públicas hasta el punto de de implantar un severo plan de austeridad? ¿No saldrá España de la recesión más tarde que los países de su órbita? ¿Es posible que se se instaure la jubilación a los 67 y se tomen medidas herméticas sólo para proporcionar confianza al capital, acallar la maquinación exterior y recuperar la certidumbre perdida en Europa? La confianza cotiza más hoy, en el territorio de la globalización, que los rentables bienes de consumo. Y nunca se sabe con un Gobierno volcado hacia el escaparate público, en este caso hacia el escaparate de los ricos universales y los académicos correspondientes reunidos en Davos, uno de los grandes iconos del capitalismo (ya se puede hablar de «capitalismo» libremente: la crisis lo ha devuelto al primer plano, como a Keynes, y lo ha liberado del anatema que pesaba sobre él desde que se proclamó el «fin de la historia» y el «triunfo de Occidente»).
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