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La vida y la muerte en un almacén

Pedro Muelas

 05:30  

Casi todos los pueblos que aspiran a tener el almacén temporal centralizado de residuos nucleares nucleares (ATC) tienen apellido: Congosto de Valdavia, Melgar de Arriba, Santervás de Campos, Villar de Cañas, Villar del Pozo…. Me refiero a ese «apellido» que delata su condición de recónditos, también de castellanos, de recios, de frío invierno y verano pastoso, de abuelos, de terrenos abandonados, propiedades perdidas y herencias a repartir. Sin apellido y más directo, Zarra es exactamente igual, Ascó igual, Yebra, igual. Si le ponen oído a las radios escucharán el zumbido del silencio detrás, y si lo leen en el periódico lo verán más contundente. Todos dicen lo mismo: este pueblo está muerto.
No lo entenderán muchos, radicales o no, pero donde ellos ven muerte, enfermedades, malformaciones, seres extraterrestres —no acierto a comprender por qué— los vecinos que se escurren cada invierno sobre el hielo de enero o se les pela la nariz con el sol de agosto, o se les escapa la familia camino abajo hacia la capital desangrando el pueblo, ven vida y futuro.
Eso es porque los que ven muerte en el almacén, ven vida en esos pueblos. Pero los paisanos, vaya con Dios, ven muerte donde los otros ven vida. Donde unos ven en las inversiones una forma de taparle la boca a los vecinos y a los ayuntamientos, otros ven en esos seis millones anuales y 300 puestos de trabajo el maná. Son las cosas de la vida y de la democracia. Cada uno puede decir lo que quiera y busca sus intereses. Son las otras dos Españas. La España muerta y la España viva aunque se tenga que jubilar más tarde.
La España del almacén nuclear es el fracaso y el abandono. Por eso, una vez superada la timidez nuclear, las pequeñas poblaciones se han lanzado a solicitar la instalación. «¿Malo? —decía un vecino de Ascó— No uno sino cuatro almacenes tendrían que venir».
Zarra es hoy la Valencia abandonada, el fracaso de las políticas económicas dirigidas a la explotación de otros recursos, a la competencia con quienes siempre ganarán, al acomodo. Es la Valencia de los bancales abandonados, la morisca. En la que desde hace siglos nadie ha hincado un hierro ni sembrado una semilla. Esa que buscó desesperadamente entre las fuerzas devoradoras de la urbanización una salida de su tumba, las rastreó y hasta se saltó la ley para encontrarlas. Seguro que es más depredador un PAI que un almacén, que una cárcel, que un vertedero, que una incineradora. No hay más que ver las fotos de Polop y lo que ha pasado en Polop. Los tiburones se acercaron al interior, a los pies, a la falda y a la cumbre de la montaña prometiendo el oro y el moro: campos de golf, turistas a miles, ingresos municipales, piscinas municipales… Los huertos de naranjos iban a chavo se vendían a lo que nunca se pensó que se iban a vender y la reclasificación se metió como un veneno en las venas. Era la especulación, la avaricia de los compradores y vendedores en toda su extensión, en todo su poder aniquilador.
Llegaron los ingleses, los alemanes, los belgas… Se le pusieron vendas blancas de hormigón a las colinas suaves y a los marjales.
Pero eso ha pasado y nos queda el retraso de la jubilación, el recorte de los fondos públicos, de las inversiones públicas, la recesión. Y en el interior, nada.

Incineradoras, según y dónde. El PP tiene otra contradicción en sus planteamientos: las incineradoras. Aquí, donde gobierna, promueve este sistema de eliminación de las basuras y en los sitios que le puede servir de argumento como oposición, lo denosta. Aquí ya pierde el tiempo porque se nos salen las bolsas de plástico por los bordes.

Gracias señora jueza. La señora Justin Kornerich , jueza del Tribunal Supremo de Nueva York, se ha puesto en medio de los dos gallos de pelea Bertarelli y Ellison, que, como dos boxeadores, no paraban de lanzarse improperios durante el pesaje. Los ha puesto a cada uno en su sitio y les ha dicho: Señores, a navegar y sepamos quién es el más rápido. Gracias por desenredar, aunque sea por ahora, la maraña que han tejido y permitir que se dispute la Copa del América el 8 de febrero, porque estos, estos, estaban dispuestos a dejar a Barberá compuesta y sin Copa. Se corría el riesgo cierto de que no hubiera regatas y eso dependía de la sentencia de la señora Kornerich antes de la Copa. Pero, sabia decisión, la ha pospuesto y ha dejado que se celebre. Sin que le tengamos que pagar ningún canon de nada… Ni ayuntamiento, ni consorcio, ni Gobierno, nada. Gratis.

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