Los que andan encamados en el mullido regionalismo hoy lo cubren con las flotantes sábanas del nacionalismo, y los «nacionalistas» descargan su ámbito de decisión en el Estado. En el primer caso, los graznidos mixtificadores no engañan a nadie. En el segundo, tampoco: los autodenominados nacionalistas lo son más de espíritu que de letra. La batalla del Cabanyal, en uno de sus coletazos, ha pervertido –todavía más–las fronteras de esta calificación y alumbrado equívocos y contradicciones. El gobierno ampara el Cabanyal, el Consell desarrollista lanza alaridos contra la intromisión estatal. El partido continúa así. Por un lado, los «nacionalistas» transversales, que ocupan una porción abundante del patio de butacas del PSPV, bendicen la intervención estatal. Los otros, de elásticas raíces fusterianas, también: el aplauso al arbitraje del Gobierno es sonoro (personalicemos: de María Teresa Fernández de la Vega). ¿Es así? Desde luego. Congelan su impugnación al Estado, postergan convicciones e ideologías arrastrados por el interés común: salvar la parte del Cabanyal sobre la que pesa la guillotina. No importa de donde provenga el veredicto. El Gobierno es protector y virtuoso.
Por otro, el regionalismo del PP, que mantiene sus vasos comunicantes intactos con una Renaixença suave, como muy llorentiana (o llombartiana), glorificadora del pasado, brama contra el Estado como si el Estado fuera una pústula sanguinolienta. Bastaría que en la Moncloa hubiera otro inquilino (Rajoy, claro) para que el rugido se convirtiera en un suave murmullo guasón.
La impustura es manifesta. Y no habría que confundir las reivindicaciones ante el Gobierno y la generación de un territorio simbólico propio con el nacionalismo, ni que fuera de salón. El nacionalismo pide otra organización del Estado, exige más cuotas de soberanía, se eleva hacia un programa político que acepta muchas velocidades pero cuya última meta es la escisión. El «nacionalismo» del PP es tan coloquial que se desvanece tras un simple juicio. Ni siquiera alcanza la primera etapa de la gestación de todo nacionalismo: la folclórica, cultural y, en ocasiones, linguística (no diré ya las otras dos: la de la constitución de la idea nacional y la del programa político). El del PP es un regionalismo, pues, de identificaciones místicas, de envolturas medievales, rehabilitado para la Valencia de Calatrava y del siglo XXI y condicionado por los adversarios o los amigos de la Moncloa, donde hoy reina Zapatero. Ni robo de los Furs, ni analogías con el decreto de Nueva Planta. Política cotidiana y propaganda valencianista para inflamar a la ciudadanía con retóricas muy medidas.
Pero, ¿y los que abrazan, estos sí, la idea nacional, de redobles rupturistas? ¿O los que simpatizan con otra articulación del Estado sobre los ejes del federalismo? ¿O los que reniegan de Madrid y hacen responsable al centralismo de todos los males que afligen a la periferia? El Gobierno auxilia al barrio del Cabanyal con toda la maquinaria del Estado. Papá Estado vuelve. ¿La causa es buena? Pues silencio. Corramos un tupido (o no tan tupido) velo.